En España estamos en campaña electoral. El pistoletazo de salida la han dado los propios partidos tradicionales y los emergentes. Y desde entonces el discurso político discurre en la polarización (me recuerda en flash back la cultura de la Inquisición española que liquidó la manera de pensar diferente). No se admite matices. Los otros son los de la extrema izquierda y quien lo dice es el sensato, el que aduce tener la verdad ¿Qué nos diría el diván ante posturas como estas? Hay que tensar la cuerda y azuzar con el miedo y por eso el verbo más mencionado es el de radical. Hay que contaminar el ambiente con aire tóxico. Vociferar. Vocear a grito pelado. Cuando fuerzas de izquierda ganaron en las urnas la derecha (que parece muy extrema) salió con el discurso: ¡Ahí vienen los hunos! Es el poco respeto que se siente ante los rivales o adversarios políticos. Vivir en democracia implica respetar al que tenga una idea diferente ¿por qué a este país le cuesta pensar en vez berrear? Aquí se vive y palpa una democracia muy a la española (de excepción y de singularidad, lo que es común en otros países, aquí no. Me recuerda a ciertas posturas de los amazónicos). Las urnas dijeron pactos entre los partidos y casi todos los partidos tradicionales se llevaron las manos a la cabeza y mascullaron ¡qué horror! Les da alergia que les hablen de diálogo, pacto, ponerse de acuerdo con el que piensa diferente, hacer concesiones, negociar. En las escuelas no les enseñan a negociar si no a imponerse, a derribar al contrario.  Están mal acostumbrados al rodillo de la mayoría – es parte de ese estructural legado autoritario. Es una democracia que vive de sobresaltos ante tanto griterío. ¿Pudieran callarse unos segundos, reconocerse y hablar?

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