Naranja mecánica

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Imagínense nomás si en el jirón Próspero de Iquitos se instalarán –con más higiene y estética- cubículos con un camastro y en la puerta mujeres para todos los gustos ofrecieran sus servicios sexuales y en las bodegas de los alrededores los marihuaneros de todos los géneros compraran la hierba de la tierra de Bob Marley.

Holanda me suena a Johan Cruyff, a la naranja mecánica, a la final del Mundial Argentina 78 en Buenos Aires, donde el equipo europeo ratificó la fama de subcampeón que siempre le acompañaba. Pero Holanda es mucho más que eso. Es, entre otras cosas, el canto a la libertad, a cero discriminación y respirar desprejuiciadamente por todos los costados. Imagínense nomás si en el jirón Próspero de Iquitos se instalarán –con más higiene y estética- cubículos con un camastro y en la puerta mujeres para todos los gustos ofrecieran sus servicios sexuales y en las bodegas de los alrededores los marihuaneros de todos los géneros compraran la hierba de la tierra de Bob Marley. Así es Amsterdam, la capital, donde se puede considerar como desvío –si nos ponemos puritanos- aquella boutique al aire libre llena de prostitución que ha invadido el centro y que es visto como atractivo turístico/putístico.

Las damitas de la penetración efímera y del orgasmo mercantil se mezclan entre las tiendas que ofrecen marihuana de todos los orígenes y para todos los gustos. Es el sistema, pues. Pero es un canto a la promiscuidad y una invitación tentadora hacia la compra de los artículos sexuales más inimaginables. Pero es Holanda, donde es común ver a un negrito acaramelado con una pacuchita tierna o toparse con una cincuentona que prodiga los besos más sensuales a una jovencita que no llega a los 25. Ambos escenarios tienen en la lluvia la imagen perfecta para mostrar el cariño que de niños talvez les fue negado. Cero discriminación, todos iguales. Pero poquito chocante el ambiente. Poquito, no, muchito. Por el cambio horario y por los desbarajustes del itinerario me encuentro paseando a las siete de la mañana en esta ciudad europea y todo es casi naranja: los artículos de limpieza, los souvenirs con la imagen del Che Guevara, las bufandas, las florerías, el rostro de las personas. Es el color nacional que está impregnado incluso en las jovencitas del Conservatorio Nacional de Música que como práctica preprofesionales tienen que acudir a centros nocturnos donde cantan y encantan con las melodías de los más famosos.

Ahí está la Corte Internacional de Justicia, con edificio majestuoso acorde con las decisiones que allí se toman. Pero cuando escucho “cerquita está el puerto de Rotterdam” al instante me viene a la mente el rostro de Guillermo Flores Arrué, ese profesor trotamundo que tenía la manía de viajar por donde su cuerpo y alma lo permitían. Él me había hablado de lo maravilloso que son esos parajes, caminar por algunos de esos 40 kilómetros de longitud por donde pasan 400 millones de toneladas de carga para todo el mundo y que es el más importante del continente, hoy solo superado por el de Shangai, ni más ni menos. Correr por el muelle, brindar con la cerveza artesanal con la que se emborrachan los obreros y sentirse un ciudadano del mundo es una experiencia que ya quisiera se repita con los sucesores genéticos y no tan genéticos.

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