Cazabrujos, fanatismo y…

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Cazabrujos, fanatismo y exclusión social en la Amazonía

Llegar a Balsapuerto desde cualquier parte del Perú es adentrarse un momento en la provincia loretana de Alto Amazonas. Este es uno de sus 6 distritos. Es preciso conectarse desde Yurimaguas en un trayecto fluvial de algunas horas.

Balsapuerto es uno de los distritos más pobres del Perú (el año 2006, según Foncodes, ocupó el primer lugar de tan deplorable lista). Alrededor de su territorio se desperdiga una de las mayores concentraciones poblaciones de la etnia Shawi, conocida también como chayahuita. De hecho, el 95% de la población pertenece a dicha nación indígena. Un largo historial de vicisitudes y calamidades forma parte de su legado.

Balsapuerto alberga comunidades que carecen de servicios básicos como agua, luz y desagüe. En la provincia, despectivamente, se refieren a ellos como “balsachos”. La población habla shawi en la gran mayoría de caso, pero tienen que asistir a una escuela que imparte educación en castellano, preeminentemente. Uno de los motivos por los cuales deben aprender un idioma diferente al de su uso habitual es el centralismo: muchas de las decisiones administrativas deben hacerse en Yurimaguas, donde dicha lengua originaria no es usada.  Un reciente informe de la Gobernación local señala que en los puestos de salud del distrito es imposible encontrar pastillas de paracetamol. Los casos de intoxicación de niños por consumo de agua y pescado envenenado con barbasco son numerosos, impunes casi todos.

En medio de este complejo mosaico social, aparece Alfredo Torres Rucoba, un cristiano evangélico bastante recalcitrante, que gana la alcaldía distrital bajo el auspicio político de Fuerza Loretana.  Entre sus principales promesas de campaña estaba el de “acabar con el peligro público de los brujos y curanderos que matan gente a su capricho”. En medio de encendidos discursos, juraba crear listas negras con los malvados, movilizar grupos de vigilancia.

El chamanismo es uno de los más importantes y complejos procesos de conocimiento y entendimiento del ser amazónico. El chamán es uno de los hombres más importantes de las comunidades que lo albergan, no solo por ser el intermediario entre el mundo espiritual y el terrenal, además de ser depositario de los grandes remedios para aliviar males, penas, enfermedades, para descubrir el mundo interior y para explorar el inconsciente.

El mal, evidentemente, se muestra en Balsapuerto, no necesariamente por fuerzas demoniacas o hechiceras, sino por la miseria, las carencias materiales y, claro está, por el abandono clamoroso del Estado. Fácilmente sugestionables, movilizables a través de demagogia, criadas a través de un respeto reverencial por lo místico, educados desde la tradición oral, la población respeta y teme a los llamados “curanderos”. Los políticos los aborrecen, porque tienen una capacidad de llegada muy importante entre los electores. Los fanáticos religiosos consideran que son poco menos que entes que buscan la destrucción de la pureza.

En un promedio de 20 meses, que se han acentuado en lo que va del año (cuando Torres Rucoba inició sus funciones ediles) empezaron a desaparecer misteriosamente algunos habitantes del distrito. Todos acusados de ser cultores, practicantes o cercanos a la práctica chamánica. Todos, acusados supuestamente de generar una “maldición” que ha generado muertes de niños de la zona. 14 son las víctimas.

Las víctimas fueron cruelmente asesinadas. En febrero, los familiares de Marcelino Pizango y Mariano Apuela, del río Paranapura, denunciaron que ambos habían muerto a manos de sicarios, a machetazos, mutilados o degollados, y sus cuerpos desperdigados en trochas selváticas. A principios de septiembre en la comunidad de Santa Rosa, Silverio Yume, curandero local, fue emboscado por la espalda y muerto con tiros de escopeta. La iglesia católica ha reportado la desaparición de otros siete chamanes, presuntamente asesinados y arrojados a los ríos para ser devorados por los peces o alejados por las corrientes.

Uno de los que debía morir, sin embargo, sobrevivió. Bautista Inuma, apu shawi de la comunidad de Paraíso, fue emboscado, pero logró sobrevivir a un ataque a machetazos que le hizo perder un brazo y dejó profundas cicatrices en el cuerpo. Ese fue probablemente el inicio del escándalo mediático.

Luego de recuperarse de las heridas, Inuma prestó un testimonio en el cual acusa directamente a Augusto Torres, hermano del alcalde de Balsapuerto, como uno de los que quisieron asesinarlo. Paralelamente, uno de los presuntos sicarios, Salomón Napo, apareció en un video, confesando su participación en la muerte de Mariano Apuela. Entre sus declaraciones, figura el de haber sido contratado por Torres  para cometer el acto a cambio de cinco mil nuevos soles, los cuales no fueron entregados.

El caso fue ampliamente tocado por los medios de comunicación provinciales, pero se han presentado amenazas en todos los niveles (a periodistas, autoridades, policías).  Algunos, como  Pompilio Peña Ríos, periodista, fueron agredidos físicamente por el propio alcalde distrital de Balsapuerto. Johnny Pezo Tello, director de la revista “Diario al día”, en tanto, denunció que unos sicarios habían llegado a la ciudad para asesinarlo. Un día antes de dicha revelación, había encontrada un lazo mortuorio en la puerta de su casa.

A pesar de dichas revelaciones, la fiscalía no ha emitido todavía una acusación formal por el caso, entre otras cosas por la dificultad para realizar las indagaciones correspondientes que permitan corroborar las acusaciones. Según la policía, antes del despliegue mediático solo se había hecho la denuncia por la muerte de Apuela. El fiscal de Alto Amazonas, Jorge Guzmán, se ha quejado de “carencias logísticas y dificultades geográficas” en el descubrimiento de las responsabilidades.

En tanto la histeria colectiva se ha adueñado de Balsapuerto. La desconfianza es mayúscula entre los habitantes, que tratan de esconder los casos o procuran evitarse problemas. El caso ha sido denunciado por el mismo Ministerio de Cultura, y el vice ministro de asuntos interculturales, Vicente Otta, ha deslizado la idea de que hubo una instigación, por motivos diversos que derivó en los asesinatos de los presuntos chamanes.

El alcalde del distrito de Balsapuerto Alfredo Torres, se ha defendido constantemente de las acusaciones. Hasta hace poco estuvo en la clandestinidad, pero hace poco apareció en los medios y señaló “motivos políticos” que intentan desprestigiarlo. Rechazó vehementemente la acusación del presunto sicario Salomón Napo y minimizó la presunta participación de su hermano Augusto en los crímenes. Ha dicho que los posibles asesinatos se debieron a “venganzas” por malas prácticas chamánicas, pero él niega haber sido partícipe de ellas. Ha reiterado, además, con firmeza, que él no cree en “brujerías”.

En tanto, mientras mueren más presuntos practicantes del chamanismo (y sus familiares los justifican, indicando que ellos no participaban en dichos ritos), ese importante proceso de conocimientos de la Amazonía se pierde debido a la extirpación de idolatrías más concreta y lamentable que se haya visto, en pleno siglo XXI, en una de las zonas más pobres y abandonadas de nuestro país.

En su comunidad, demás está decir, a los Torres los conocen – entre dientes y a media voz – como los “cazabrujos” de Balsapuerto.