Nadar solo – Setiembre 24

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Partido político Chongo Perú

Hace mucho tiempo, se presentó la increíble anécdota del candidato a la alcaldía de Maynas, Charles Zevallos, repartiendo besos a diestra y siniestra a ancianitas desdentadas a cambio de regalitos o bolsas con alimentos. De por sí, pretendiendo ser graciosa, la chanchada mediática era en sí insensible y absurda.

La payasada caló tanto en el humor del pueblo que el señor Zevallos terminó convirtiéndose en objeto de los comentarios más diversos, la gran mayoría de ellos negativos, a nivel nacional. Los medios limeños tomaron el guante, vieron raiting detrás de la historia y bautizaron al bufón político como el “candidato besucón”, que iba a ganar nuestras elecciones. La imagen iquiteña y loretana por los suelos.

Sin embargo, en estos días, mientras repasamos la campaña electoral en todo el Perú, no tengo sino que considerar que la fallida humorada de Zevallos parece juego de niños ante los monumentales disparates que diversos postulantes han realizado. Es más, creo que el chongo ha poseído a todos los partidos, sin igual, cada una en mayor o menor medida, y se ha propagado como una peste.

Uno mira a los candidatos a la Alcaldía de Lima, además  de las campañas en provincias y no puedo sino preguntarse cuándo fue que la política se convirtió en un escalón previo a la carrera circense. Pruebas sobran en el panorama:

1.- El señor Alex Gonzales, marido de la ex regidora de la MPM, Flor de María Hurtado, hasta hace una semana, se debatía por los márgenes del cero por ciento en las encuestas en Lima. En el debate de candidatos realizado en la Biblioteca Nacional, se le ocurrió la peregrina idea de presentar un helicóptero infantil, el cual, según su desvariada teoría, iba a ser la solución a todos los problemas vecinales de seguridad.

Con manía digna de mejor causa, durante días, el dichoso aparatito se ha convertido en motivo de las burlas más diversas, pera ha posicionado al payasito electoral en estrella que ya ha llegado casi al 5%. Las cosas quizás se mantengan en ese nivel, pero el susodicho personaje ha seguido lanzando inflamadas peroratas y difundido la especie de que el terrible nivel de inseguridad de la ciudadanía se puede solucionar con jueguitos

2.-   El señor Gonzalo Alegría quiere pasar por culto, honesto e inflexible. Dice que tiene su corazoncito pero también inteligencia. Es candidato de Acción Popular, por ende heredero de Fernando Belaúnde y Valentín Paniagua.  Todo iba bien hasta que el personaje apareció, primero, tratando inútilmente de cantar en el show de Gisela, pero esta semana, mucho peor, siendo protagonista de uno de los episodios más vergonzosos  de la actual campaña electoral.

Esta semana, el programa televisivo Enemigos Públicos lo disfrazó de Hulk y lo puso a ser partícipe de un sketch, donde el señor Alegría se despacha a su gusto con chistes malos de dudoso gusto, mala actuación y un sentido del ridículo inabarcable, titulado “La furia de Alegría”. El sketch, probablemente pensado en ser gracioso, tan solo llega a ser penoso, no sólo por la forma como un político muestra una actitud deplorable consigo mismo, sino también con la memoria del propio fundador Belaúnde ¿qué tenía en la cabeza Alegría cuando decidió hacer esta suerte de testimonio en vivo y en directo de lapidación pública? Es algo que yo al menos aún no me lo explico.

3.- El señor Lucho Torres, conocido como El Gordito Simpatícón, es un candidato que se lanza a la reelección en Tacna. Ha tenido la peregrina idea de lanzar su candidatura con música. Con reguetón, para ser más exactos, se ha conseguido el apoyo de un grupo local, Flow K-Lle, y ha lanzado un hit que tiene los elementos básicos que harían las delicias de cualquier video friki. El  spot es ubicable en Youtube y tiene como protagonista al propio candidato ataviado como Daddy Yankee, bling bling incluído. Cero propuestas, harto perreo, mamí, perreo.

4.- El movimiento regional Qosqollay intenta hacerse del poder, una vez más en Cusco. Pero no ha dejado atrás la imaginería pop, sino la ha potenciado. Lanzaron recientemente un spot en el cual El Hombre Araña y Batman (sí, ellos mismos) dan la bienvenida al nuevo súper héroe electorero que promete cambiar el panorama gótico cusqueño: Condorman. De más está decir que esta publicidad se lleva las palmas por su noción tan arraigada del humor involuntario.

5.- No sé en qué momento el acartonado y ultra religioso señor Humberto Lay se convirtió en músico ambulante, conjuntamente con el señor Michael Azcueta y el extraño Lucho Iberico, entre otros. Todos ellos se presentaron en el Show de Gisela Valcárcel, como parte de la peña electoral. No se habló de ningún modo de propuestas y una causa noble más fue usada como pretexto desesperado para exponerse mediáticamente, aún a pesar del pudor y la vergüenza ajena.

No pretendo justificar para nada la actuación del señor Zevallos (más bien, incluso, creo que los iquiteños vamos a cometer un grueso error si lo elegimos alcalde), pero no puedo negar que si vamos a hablar de ligas mayores del ridículo, las anteriores se llevan por lo menos los primeros lugares.  

Pero, más allá de la anécdota, cuando tu campaña se basa en el arrastre mediático del humorista profesional Tongo (como pretende Lourdes Flores) o cuando en vez de plantear ideas te lanzas un sonoro gallo (como hizo el señor Jorge Mera en un programa televisivo local), es cuando la política deja de ser decente y serena. Es así como la política, en cambio, se convierte en un chongo, donde lo que prima son los mítines llenos de alcohol, grupos musicales, bailarinas y regalitos sobre los principios y la inteligencia. 

Acá no hablamos de ningún modo de cuadros técnicos, sino de animadores, no creemos en asesores de imagen, sino nos llenamos de chistosos que nos soplan al oído cuál patita levantar. No pensamos en propuestas sustentables, sino en jingles y en bromas ingeniosas o impactantes, a pesar de su calidad o pertinencia. Así no se crea política, pues, así no se reconstruye la región o el país. Así sólo exponemos de modo tan evidente el desprestigio mayúsculo de nuestra clase política, convertidos por una temporada en las personas menos serias que intentan ejercer una función tan seria (y delicada) como gobernarnos.

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