Musha Karusha

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Y es más fácil el acceso por Yurimaguas y San Lorenzo. Ahí viven los candoshi o kandozi. Está bañado por límpidas aguas y cada cierto tiempo salen a la superficie los delfines que en otros lugares hay que padecer y silbar hasta el cansancio para divisarlos. Ahí hasta puede tocarlos y en un extremo de sabiduría conversar con esos animales que tantas leyendas han motivado.

Los Kandozi son los olvidados entre los olvidados. Y no es simple retórica. Ojalá lo fuera. Pero solo un ejemplo: el Estado intenta cobrarles por cuidar los bosques y por sembrar peces y todo tipo de especies. Quien éstas líneas escribe ha visto la facturas conminatorias que un Ministerio emitió y que compulsivamente intentaba cobrar. Es decir, no solo los olvida sino que los hostiga.

Ubicado en Datem del Marañón el Lago Rimachi o Musha Karusha es uno de los más extensos y privilegiados por la naturaleza. Está ubicado a más de 500 kilómetros de Iquitos. Y es más fácil el acceso por Yurimaguas y San Lorenzo. Ahí viven los candoshi o kandozi. Está bañado por límpidas aguas y cada cierto tiempo salen a la superficie los delfines que en otros lugares hay que padecer y silbar hasta el cansancio para divisarlos. Ahí hasta puede tocarlos y en un extremo de sabiduría conversar con esos animales que tantas leyendas han motivado.

Por esas cosas del destino estuve en la zona hasta en tres oportunidades. Y en cada una de ellas uno no deja de sorprenderse. Por la hospitalidad de la gente y por la ingenuidad de sus adolescentes, hombres y mujeres, quienes en su idioma transmiten seguridad al visitante y, a pesar de varios intentos por avasallarlos, se han resistido a perder. Mantienen sus costumbres, aunque muchas de ellas son un verdadero peligro para la salud de sus habitantes. Como aquello de tener a la intemperie a sus muertos y las gallinas alimentándose del jugo de los muertos que luego darán un sabor excepcional a los caldos que se preparan con esos animales.

En ese territorio he probado los más exquisitos suris con plátano machacado. Vaya maravilla. En ese mismo territorio he visto abandonadas las cajas de leche de una conocida marca que los pobladores se resisten a consumir porque no están acostumbrados a ello y prefieren el rico masato. En esos territorios he visto las consecuencias de la cooperación internacional que los abandona por la falta de continuidad en la ayuda. Pero, sobretodo, he ratificado mi cariño a estas tierras que junto a la gente y el entorno son un canto de esperanza ante cualquier adversidad. Por eso cuando hace algunos días desde esa zona vino la noticia de un hecho violento, recordé sus parajes y, por supuesto, a su gente.

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