Mi fiel amante: la soledad

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Yo creo que la bebida es mítica, porque la gente cree que soy un hombre capaz de beberse todo el Burdeos de Francia. En realidad no. Soy una persona que acaba de pasar un período de quince meses sin beber un vaso de cerveza. Soy una persona que bebe entre amigos solamente. Puedo beber mucho entre amigos pero jamás he tomado una copa solo.

Creo que hay dos tipos de soledad: la soledad mal asumida o la soledad triste. Y hay otra que es la que vivo ahora. Yo en mi caso –ya te dije- gozo. Me pones en cualquier rincón del departamento, solo, y la paso de la puta madre.

Siempre he dicho que no soy un escritor inteligente, intelectual, sino visceral, emotivo, intuitivo. Nunca he planificado ni he pensado conscientemente que en determinado momento o en determinada obra debe entrar tal ingrediente. Son hallazgos, búsquedas.

Mi única y verdadera y fiel amante ha sido la soledad, la más fiel de mis amantes.

A veces, a las tres de la mañana, cuando nos caemos de tanto whisky, le exijo –a Julio Ramón Ribeyro- que me lea un cuento. Mis ruegos empiezan a las doce. A las tres, a veces me lee y siempre pienso que es un cuentista incomparable. Si dejo de escribir cuentos va a ser porque nunca llegaré a la altura de Julio Ramón.

Yo siempre estoy enamorado. Pienso que siempre hay que estar enamorado de alguien. No se puede escribir un buen libro sin estar enamorado.

Se llama la Feria del Libro y nos tratan como prostitutas, nos pasean, nos exhiben, nos retocan, nos peinan, nos dan vueltas por las calles. Decidí jugar el rol del escritor de éxito. Me entelé, me puse buenmozo (…) Vi una chica muy linda. Inmediatamente vi las posibilidades, a través de la literatura y del éxito, de salir a tomar té con ella, y ella me dijo: deme “un mundo para Julius”, y en el momento que lo iba a firmar me dijo: “Por favor me lo empaqueta y me da la factura”. Creía que yo era el dependiente (…) Me quedé profundamente deprimido y me dije: “Esto me pasa por puta”.

Dicen que soy un hombre de éxito. Yo no me he enterado. En los instantes en que me he sentido hombre de éxito, me he sentido profundamente solo y abandonado. La fama no da sino soledad. Yo le tengo terror… Y, realmente, ¿cuál es el éxito pues oye?

Yo no creo ser un novelista: yo soy un contador de historias. Si yo pudiera usar el micrófono, hablaría y no escribiría.

Los párrafos anteriores pertenecen a Alfredo Bryce Echenique, quien ayer cumplió 75 años de edad. Él estuvo en Iquitos hace algunos años. Y, en verdad, disculpen el atrevimiento, pero también las hago mías. Es un minúsculo homenaje a quien ha hecho de la oralidad unas grafías dignas de leer y mantener. Porque si algo bueno me ha dado la vida es haber tomado y conversado entre vodka y vokda con ese fenómeno de la literatura universal.

 

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