Memorial de destierros

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Libro nuevo de Miguel Donayre Pinedo

Miguel Donayre presenta nuevo libro

En el londinense Hyde Park, en el número 42 de la calle Queen  Gardens, en una lujosa e imponente mansión alquilada de tres pisos, rodeado de sirvientes y sirvientas de varias patrias y comiendo sabrosos potajes dignos de exigentes paladares, vivió cierta vez un nativo amazónico, un oriundo de los bosques. Era  don Juan Aymena, huitoto de origen y nación, sacado de su madre tierra, de su aldea universal, para que obtuviera el título de doctor en Derecho. Semejante salto jurisprudente no fue elección del nativo, fue deseo improbable del que mandaba asesinar a sus hermanos, paisanos y prójimos, don Julio C. Arana. Caucho y paternalismo, esa variación del pobre asistencialismo de hoy, se dieron entonces la mano. De la estancia en dicha ciudad europea del nativo se conoce poco. Un puñado de datos, algunas cosas. De su salto del monte fluvial al laberinto urbano del viejo mundo han pasado algo así como cien años. Es natural que sus huellas no existan. No sólo por su condición marginal sino por los desmanes  del tiempo implacable. Pese a esos obstáculos insalvables, un viajero moderno, un andante de estos tiempos, decide buscar a ese ser del pasado.  

En apretada síntesis ese es el tema central de la novela El búho de Queen Gardens Street, última obra de Miguel Donayre que Tierra Nueva presentará en el mes de mayo de este año. Obra de madurez del autor, lograda reconstrucción del periplo material y espiritual en otras tierras de un ser de la aldea local en relación con la aldea global,   cierra temporalmente el ciclo cauchero. La búsqueda entre laberintos de calles, hoteles, plazas de tantos lugares es más que un simple peregrinaje para recuperar una vida perdida, para ensayar un biografía sobre un oriundo que se fue a otros ámbitos. Es una identificación raigal con un destino contrariado. Porque,  doctorados más o doctorados menos, Juan de Aymena fue un desterrado. Es decir, un ser oscuro y anónimo sacado de su lugar único, despojado de su lar esencial. Lejos de todo lo suyo, de lo entrañable, no conoció el horror cauchero, pero padeció los desmanes del exilio. El inevitable desarraigo del destierro, esa sensación de no ser de ninguna parte, de no estar en el lugar indicado a la hora precisa, de no poder asir lo que se va y de vivir condenado a buscar un centro, une al narrador con el personaje.

Entonces dos seres bosquesinos, fluviales, separados por la distancia de un siglo, se confunden en la lejanía, en la ingratitud del exilio. Forzado o voluntario, el destierro flota entre las páginas de la obra con insistencia. ¿Por qué unos dejan su asiento y su habitación para marcharse, para ser en otra parte? La memoria de lo vivido une a Aymena y al narrador, que casi nunca es el autor sino otra cosa, a  la tierra remota. El pasado oprime la experiencia itinerante del narrador y le hace referir algunos episodios de la floresta. Desde lejos, la aldea llama y se impone pese a sus declives. Cualquiera es de alguna parte. Siempre. Como en el poema de Cavafis nadie encuentra otra ciudad. La búsqueda de alguna huella de Juan Aymena en Londres es, además, una recuperación de anónimos, una vindicación de excluidos. Es la decidida preferencia por la indianidad amazónica, opción que para el autor comenzó con la batalla legal de Bonifacio Pizango.

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