Los funerales del último lugar (III)

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[En Requena]:

Escribe: Percy Vílchez Vela

La industria del contrabando de la escribanía para los salones es universalmente aceptada, tolerada y consumida sin más. Tanto que el mismo ministerio educativo de la perulería, para redactar los manuales que después enviará a las aulas de todo el país, se basa en las enseñanzas de uno de esos expertos en esa literatura de cajón, de la supuesta literatura infantil y juvenil.   Es decir, la institución rectora del rubro descarta de entrada, de hecho, a los escritores que algo deben saber sobre el oficio y sus beneficios. El plan lector que viene dando resultados en la Atenas de la fronda no admite recetas de aficionados o especialistas. Y, en lo posible, busca a los escritores.

Desde cualquier calle de la actual Requena, el inspirado autor del célebre y rotundo vals “La Contamanina”, no podría abrir las puertas del estallido de su inspiración, ni soltar el ardoroso ímpetu de su idilio fluvial y femenino, porque encontraría un vacío, una ausencia. Es que el serpenteante río Ucayali no pasa por la orilla o ribera de la citada urbe. En el cumplimiento de su destino de meandros continuos, de movimiento perpetuo, hace tiempo que el antiguo Apu Paru   cambió de cauce y ahora viaja lejos de la ciudad que antes visitaba al pasar. Y, cualquier persona, puede verle apenas desde lejos, como si fuera una sombra de si mismo, como si se complaciera en marcharse, como si nunca más fuera a regresar.

En algo del curso del ahora distante Ucayali, en ruta hacia arriba o hacia abajo, suele navegar de vez en cuando una buena cantidad de profesores con los libros editados por Tierra Nueva para ejecutar luego el plan lector del que venimos hablando. Ellos y ellos tienen que viajar por ese río, porque sus lugares de enseñanza están vinculados raigalmente a esa arteria fluvial. En sus orillas viven los pueblos o lugares donde están los salones repletos de estudiantes de ambos sexos que no desprecian a los libros, sino todo lo contrario. De tal manera que mucho de ese proyecto está vinculado a un río que parece irse, pero que en el momento menos pensado volverá a Requena como la ´fábula del hijo prodigo.

La navegación por el ahora alejado Ucayali es una de las mayores labores del poeta, escritor y docente Gerald Rodríguez Noriega, el encargado de monitorear el plan lector. La clave del proyecto también está allí. En la presencia de alguien que no sospecha cómo se hace, sino que sabe cómo se hace. Es decir, alguien que no solo es profesor de aula, sino que tiene un cercano contacto y comercio con los libros y, además, que está vinculado al fatigante ejercicio de la escritura. Parece una cosa sin importancia, pero es decisivo para que cualquier plan de lectura no estalle por su base, no se desvíe antes de empezar y no se pervierta en la trampa de la llamada literatura infantil o juvenil, cuyos autores solo entienden de monedas salidas de las aulas.

La labor de monitoreo en los innumerables salones de la citadina Requena es, digamos, un trabajo más sencillo, más aireado, más descansado, que esa misma labor que el citado ejecuta en los lugares ubicados en las orillas del alejado Ucayali. La distancia no es poca cosa. Es una muralla que solo se puede vencer con una buena embarcación. Afortunadamente, la Ugel – Requena tiene un yate a su servicio. Así el esforzado monitor puede viajar por el Ucayali, y otros ríos, en una incesante aventura hacia tantos salones que parecen embarcados en una jornada de recuperación del prestigio educativo que tuvo la Atenas del bosque en su momento. Esa ilusión puede leerse en el prodigioso entusiasmo que muestran tanto profesores como alumnos, lo cual no impide que el proyecto tenga algunos baches, ciertos declives que no es del caso mencionar en esta crónica.

No es lo mismo Requena sin el Ucayali a su orilla. Es como si se tratara de otra urbe. De una ciudad que perdió bastante de su atributo más notable. El Tapiche hace lo que puede y la quebrada Camaná se defiende pero ambas aguas no hacen olvidar a ese coloso que solo puede compararse al Marañón y al Amazonas. En otra parte, Rodríguez Noriega ha escrito algo fundamental sobre el plan de lectura que todavía no se expandía a toda la provincia. Eso de que la poesía no puede tener cabida en los salones, estribillo de la impotencia que hemos escuchado tantas veces pronunciado por hombres de buena voluntad pero de escaso seso, por próceres regionales que se perdieron en sus propios errores y desaciertos, por gentes que no pueden ver nada más allá de sus narices, es una gran mentira. La constatación de ello fue realizada en el lugar de los hechos, en las aulas animadas por el vigor de los alumnos y alumnas, por el aludido monitor. No hay nada más que decir. Para nosotros, aparte de otros logros indudables que mencionaremos en su momento, eso es lo más esencial.

 

 

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