Los corruptos no son sueños

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La canchita ya está lista, la sala es amplia, el televisor no importa, sino lo tenemos, podremos enterarnos por el televisor del vecino, pues lo que se creía un sueño, hoy es una realidad, ex presidentes que gobernaron este país, cargado de humor negro, de irónicas posibilidades económicas, delegándonos a la miseria de unos cuantos, están a punto de caer, sin importar el blindaje, ni los otorongos que de seguro ahora harán de payasos para negar cualquier posibilidad de corrupción de sus aludidos, que en el pasado caminaban de la mano con la empresa brasilera Odebrecht, ahora sabemos que eran corruptos, que le elegimos corruptos, le permitimos que lo sigan siendo, lo amábamos corruptos, lo aplaudíamos corruptos, lo admirábamos por robar y hacer obras, le agradecíamos por los beneficios sin importar si estaban corrompiéndose, pues ahora decimos: “malditos corruptos,  yo jamás pensé que lo fuera, peros si parecía bueno, era cholo , como podía ser corrupto, si levantaron banderas contra la corrupción fujimontesinista, como pudieron ser ellos también, me avergüenzo de haberlos elegidos, yo felizmente jamás vote por él” y otros dichos más se han de escuchar mientras vemos pasar, al corrupto, esposado, pero jamás entenderemos que junto a ellos nuestra conciencia irán tras ellos pues nosotros también somos del delito.

Roberto de Michele, especialista principal de la División de Capacidad Institucional del Estado del BID, explica en un artículo dos teorías sobre por qué las personas infringen la ley: la de Gary Becker, Premio Nobel de Economía, que sostiene que quienes lo hacen realizan antes un análisis costo/beneficio,  comparan lo que pueden obtener violando la ley frente al castigo. Así, se implementan políticas públicas que “aumentan el costo del delito para romper el equilibrio”.

La otra teoría que Michele menciona proviene de la economía del comportamiento. Dan Ariely señala que un análisis del entorno de la persona responde a por qué se violan las leyes. Michele también cita a Jason Dana, George Lowenstein y Roberto Weber, quienes sostienen que “las personas tienen una habilidad increíble para racionalizar el comportamiento antiético”. El autor señala que quienes creen en ello promueven políticas públicas para implementar “herramientas con el fin de incentivar a las personas para que hagan lo correcto”.

En el Perú, Enrique Ghersi en “Economía de la corrupción” sostiene que esta es un problema de costos y beneficios. Dice que “tomamos la corrupción como una causa, cuando es un efecto… creemos que lo que ocurre es que, como somos demasiado corruptos, no funciona el sistema, no funciona la democracia y no funciona la ley; cuando es exactamente al revés”. Para Ghersi  “cuando el costo de la legalidad excede a su beneficio, la ley se incumple”.

El beneficio de la democracia jamás será, para un funcionario público, el servir al pueblo, sino el corromperse a costa de llevarse diez veces más de su salario, favoreciendo a otros, por ende favoreciéndonos a nosotros mismo, porque solo así el Perú avanza, pero el cáncer de la corrupción nos seguirá ahogando, mientras prendemos el televisor y miremos programas basura, en tanto que un ex presidente irá haciendo lo que un día negra lo que hizo, y de seguro que nosotros, si hizo obras, creeremos en su inocencia.

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