La palabra y el dinero

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La palabra y el dinero

ESCRIBE: Jaime Vásquez Valcárcel

Desde que mi tío Miguel Villa Vásquez me convenció para ayudarle llevando un maletín naranja en su programa de las seis de la mañana “Noticias y boleros” cuando apenas tenía una década más seis años de edad creo que me convencí que lo mío estaba en la transmisión de noticias y todos sus bemoles. En el periodismo, pues, para ser más exactos. Y creo, vaya vaya, en que esta profesión ha sido una de mis pasiones y he comprendido que la palabra bien escrita y mejor expresada tiene connotaciones benignas y malignas, según el cristal con que se mire. Creo, que la vida llevada sobre el péndulo maravilloso de hacer lo que nos gusta es el logro de la felicidad eterna en ésta y –si la hay- en las otras vidas. Y en esta tarea que ya me lleva casi tres décadas siempre he tratado de escuchar a las personas que amo y me aman. Porque han marcado el derrotero para todo lo que tengo en alma y en infraestructura. Y todo esto, resumido en las líneas anteriores, me ha llevado a la conclusión que podrán amenazar y perpetrar atentados los que siempre creen tener la sartén por el mango pero nunca podrán morir como dice que lo hacen los cuyes, es decir, riéndose y mostrando a los cuatro vientos los dientes.

Y en estos días donde una vez más se siente un ambiente desagradable por las amenazas recibidas he recordado como una película aún no estrenada la noche donde un alcalde provinciano con el silencio mediocre de todos(as) que lo rodeaban mandó a unos sicarios a meterme miedo con la estrategia de la detención con revólver en el cinto y que no cumplieron el trabajito porque Douglas Flores y Gerardo Barba lo impidieron con sus enormes anatomías. He recordado la noche aquella donde unos delincuentes disfrazados de dirigentes en la primera cuadra de la calle Sargento Lores destruyeron mi automóvil. He recordado la noche aquella donde unos valientes en el tumulto pero cobardes en el cuerpo a cuerpo lanzaron piedras y piedrones contra una criatura que no había cumplido aún el año de edad. He recordado esas experiencias, para bien, por si las moscas, porque eso me ha formado en la pasión. Y esas experiencias me han servido para ver la viga en el propio y no empecinarme en la paja en el ojo ajeno. Y hasta diría que me admira y sorprende la falta de desesperación y el tomar las amenazas con calma.

Podrán hacer lo que quieran pero jamás lograrán que deje de sonreír ante las expresiones maravillosas de Daniela de Fátima que a pesar de esas piedras en el camino tiene la palabra idónea para envolverme en sus quehaceres propios de su edad. Y ni qué decir de Carlos Maurilio que ha heredado ese sentimentalismo propio de los Vásquez y que, como su padre, no duda en derramar lágrimas al ver por enésima vez “El niño de pijama a rayas” o “La redada” donde los germanos creen que destruyendo la vida de los infantes encontrarán la perfección de la humanidad. Esa felicidad se multiplica cuando me siento a ver por vigésima vez “Buscando al soldado Ryan” y ese niño próximo a cumplir su primera década distingue entre el bien y el mal en medio del  desembarco en Normandía y percibe que la búsqueda del soldado en medio de las detonaciones es un acto de justicia por el que otros oficiales están dispuestos a entregar la vida con la única remuneración de que la vida salvada sea llevada con dignidad.

Y en medio de esas anécdotas me topo con frases maravillosas que ratifican mi percepción sobre la palabra. “Siempre he sabido muy bien lo que quiero hacer y me levanto y lo hago. Me levanto por la mañana y a las siete y ocho estoy escribiendo. Ya tengo mis notas y ya empiezo. Así que entre mis libros, mi mujer, mis amigos y mis amores, ya tengo bastantes razones para seguir viviendo”, dijo Carlos Fuentes a “El país” antes de morir y minutos después de anunciar que el lunes siguiente comenzaría a escribir otra novela que ya tenía título y todo. Eso es morir acariciando la felicidad. O leer que Daniel Titinger –ese periodista que no desea llamarse escritor y que fue traído hace algunos años a Iquitos por el primero de sus libros- acaba de ampliar su bibliografía donde plantea que “Kina Malpartida, por ejemplo, tenía 11 caries antes de ser imagen de una pasta dental. Pero lo más rico de su historia es lo que le sucede después de ser campeona mundial. Martín Adán es un tipo que se escapó del mundo y se internó en un manicomio no por estar loco sino por estar cansado, por no haber podido manejar el éxito literario que le vino a los 16 años”. Eso es acariciar la felicidad y reconfirmar que el periodismo es el camino, así como el APRA era el camino con Armando Villanueva en 1980 y no ganó la elección de ese año como hubieran querido los compañeros. O, si prefieren, emocionarse al leer que el periodista español Mario Amorós lanzará la próxima semana en Santiago de Chile el libro “Sombras sobre Isla Negra, la misteriosa muerte de Pablo Neruda”, en el que plantea que el poeta chileno Pablo Neruda pudo ser asesinado por la dictadura de Augusto Pinochet. Emocionarse, digo, porque la life siempre tendrá espacio para la literatura, para la palabra bien puesta y nunca impuesta.

Esta mezcla de sentimientos, recuerdos o como usted lo llame, me ha venido a la mente al ver que hay quienes están dispuestos a matar solo con la finalidad de seguir viviendo  en sus miserias. Hay quienes han hecho de su vida una secuencia despiadada de acumular dinero y no se dan tiempo para correr por los parques con sus hijos pequeñitos. Al ver que hay personajes que corren detrás del dinero sin darse cuenta que le corren a la felicidad, que hay empresarios que han dejado de vivir porque mueren por la plata y, los hay, quienes matan por ella.

Por eso y mucho más, prefiero tener la característica de los cuyes y no de los cerdos de la política que han convertido en corral lo que alguna vez fue la sede de la Municipalidad Provincial de Maynas.

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2 Comentarios

  1. Tranquilo amigo Dios esta contigo, y no permitira que le pase nada a tu linda familia, dios los bendiga por siempre

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