La herencia de la hierba

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El prestigioso comité nobelístico de Estocolmo retiró la candidatura para obtener el premio de la paz del señor José Mujica. El motivo de la exclusión era la ardorosa protesta en todo el mundo ante la ley del consumo de marimba, de la buena. Sucedió hace poco que a ningún consumidor le cayó como guante a la mano, como anillo al dedo, esos mezquinos 10 gramos a la semana que el mandatario uruguayo consideraba como suficientes. La ilusión de tantos marihuaneros terrícolas se desvaneció como el efímero humo de una fumada esquinera. Entonces, estalló una protesta inusitada que no tiene modelo en la historia humana.

En la beligerante campaña, melenudos marimberos, enviciados hasta el tuétano del alucinógeno que, inclusive, habían sembrado semillas en sus jardines, corredores y huertas, frecuentadores de ciertas esquinas y demás clientes de la fumata cotidiana, no prenden los pitillos como antes ni golpean con avidez, sino que comen la marimba con voracidad furiosa. Luego se golpean los pechos para demostrar que no hace ningún daño a la salud. Una falange que viajó desde el Perú a la capital uruguaya pide que a lo menos los gramos sean los gramos que se venden en el estado de Colorado. Otros activistas más radicales, piden la cabeza del mandatario abusivo que ha defraudado a una inmensa mayoría de marimberos universales.

El mandatario charrúa se negó a declarar, a contestar a los protestantes, hasta que apareció en televisión por cable. Vestido con una camiseta con agujeros y una trusa remendada de casa y sin zapatos ni sandalias, ni tamancos hogareños, se mostró belicoso contra los fumones y dijo que él mismo decretaba el inicio de la Guerra Mundial de la Marihuana. Acabó su discurso, negándose a ceder ante los que querían convertir en una sede del vicio a su gobierno que solo pretendía curar a los enfermos que necesitaban consumir poca marimba.

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