LA EVOCACIÓN DE LO PERDIDO EN LA COLINA INTERIOR, DE ANTONIO SARMIENTO

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*Escribe: Carlos Reyes Ramírez

En mayo de 2016 la oficina de Relaciones Públicas de Petroperu de Loreto se comunicó conmigo para solicitarme que presentara en la ciudad de Iquitos La colina interior, libro ganador del Premio Copé de Poesía 2015, y cuyo autor es el poeta chimbotano Antonio Sarmiento (1966). Entre las muchas cosas que hablé sobre el poemario la noche de la presentación, teniendo como esbozo o esqueleto algunas hojas de papel para no perderme en la explicación, pude recordar, revisando mis apuntes, algunas de ellas.  Lo que sigue es lo que pude rescatar de los comentarios que hice para celebrar un libro de poemas ganador del más importante premio de la poesía peruana.

 

La colina interior, de Antonio Sarmiento, (Premio Copé de Oro 2015), muestra un universo donde el poeta recorre diversos senderos en su ansiada búsqueda de los elementos perdidos de la infancia. Ese retorno a la niñez, es decir, a la edad de lo noble o de lo inocente, estará tocada por el mito y lo real, y se presentará espléndida en la confrontación de diversos sucesos de la historia universal. Este momento aparece como un trazo que ha marcado profundamente al poeta, al autor de un libro que sorprende por lo inusual de su concepción y los recursos estilísticos que presenta.

Le Chevalier, el expedicionario que busca la Troya cantada por Homero, termina explorando territorios peruanos, entre paisajes de arena y roca y un fondo de mar que permite imaginar la colisión entre lo fabuloso y lo existente. Durante todo el texto este encuentro será el hilo conductor que mantiene la unidad del libro. Desde la entrega primera (Ofertorio) que es un culto, donde el poeta-sacerdote inicia un tránsito inexorable hacia lo simbólico, hasta el final de las entregas (Tango) donde la historia se presentará como piedra en el zapato para recordarnos que habitamos un planeta —con su problemas domésticos, sus conflagraciones mundiales, sus momentos históricos, sus trágicos acontecimientos— de la cual no podemos huir y que estamos condenados a que sea el único lugar donde vivimos.

En el poema que abre el libro no se ofrece el pan y el vino de la eucaristía, sino que se expone, se presenta un terreno de excavaciones, un espacio arqueológico donde se busca (Troya) y se develan los misterios de un lugar bien guardado en la memoria: La Florida, el barrio chimbotano de su niñez, evocado en el libro. “Excavando en roca mineral/ al este de la colina desenterraron/ un fardo pequeño/ acurrucado en sólido, estaba/ envuelta entre yerbajos silvestres/ con partículas de plata y niquel…”, nos dice el poeta.

Así, Le Chevalier, alter ego del poeta, explora esos elementos perdidos y su transitar en el libro será por lugares de búsqueda y de encuentros, su presencia será oportuna para mantenernos informados de un viaje por los senderos de Hisarlik o La Florida, un viaje por la poesía, en suma.

El mar y la arena y la arena humedecida por el mar serán elementos cardinales en La Colina interior, lugar donde se parapeta la metáfora de universos ficticios y reales, arrasados por un cataclismo que también fue en mayo, pero del 70, el terremoto que azotó Ancash y sepultó a Yungay, confrontando con aquella revolución perdida, la de mayo del 68, iniciada por los estudiantes de la universidad de Nanterre. Es decir, el Alfa y la Omega, el primero y el último, el inicio y el fin, como una metáfora de la fragilidad del mundo en que se mueven los seres humanos.  Nos dice el poeta: “También tuvimos nuestro mayo/ mayo del 70 en La Florida/ cuando la historia abrió el pico en la/ implacable rueda de las asambleas/ el proceso revolucionario de los/ no alineados/ de lo desalineados/ la marcha universal del pueblo… “(Tango) y en otro contexto: “Ya escucho la gran eclosión de mayo/ a las palomas emigrar al sur/ la huelga general del sindicato…”

La tierra está muerta en La Florida, el reino es una quimera, se ha perdido. Lo cotidiano, lo usual, toma dimensiones de grandeza en la voz del poeta. Y desde su visión de niño las cosas habituales, aquellas relegadas a los peores lugares asumen una magnificencia inusitada, una suntuosidad que se desparrama en esos detalles pequeños, imperceptibles al ojo profano, pero luminosos en los ojos del poeta.

La colina interior es una exploración, un buceo en la historia y en los ejercicios domésticos que en ella suceden, y en suma es la anuencia que la poesía, en contradicción con estos tiempos de muerte y violencia, se mantiene viva y poderosa y contundente en sus argumentos más simples o muy elaborados.

*Biólogo y poeta, ganador de la III Bienal de Poesía Premio Copé 1986, reside en la ciudad de Iquitos donde se dedica a la creación literaria y a diversas actividades para la sostenibilidad de pesquerías amazónicas.

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