Isla de discotecas

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Isla de discotecas

El dueño del local del inclasificable “Adonis”, donde cada jornada de dudoso erotismo deja sus desmanes con alborotos insufribles como peleas a cuchillo y botellas rotas, destrucción de jardines contiguos y hasta asaltos a desprevenidos y madrugadores ciudadanos(as), considera muy orondo y con gran elocuencia que un museo es innecesario en Iquitos. Más importante es su  local de escándalo y de sufrimiento para los que viven en su área de influencia, que un lugar para guardar la memoria de las generaciones. Es decir, a solas y soñando con más dinero, anhela convertir a Iquitos en un territorio de discotecas ambientales o no, liosas o no, pervertidas o no, irrespetuosas o no, taradas o no.

El dueño del local donde funciona tan peregrino negocio pretende lavarse las manos de la suciedad como si cada mes no cobrara el importe del alquiler. Es decir, se llena los bolsillos y no sabe nada y no es responsable de los escándalos. “No tengo nada que ver con lo que padecen los vecinos”, dice sin ruborizarse pero cobra puntualmente. Uno sobre otro. Sospechamos que tan ilustrado personaje, que busca poder como un poseso, detesta la cultura porque es algo que no podrá nunca alcanzar. La publicación de un espantoso libro,  que ni siquiera el bobo de Marticorena elogió, desnuda a tan declarado despreciador del museo en marcha. Y ama las discotecas, escandalosas o no, porque rinden sus buenos dividendos.

En 1900, hace más de un siglo, en el lugar donde se iba a levantar el primer teatro de Iquitos, se edificó una cárcel. El dueño del local donde funciona esa discoteca reprochable, hubiera aplaudido semejante error. O, en todo caso, hubiera insistido en plantar una discoteca rutilante, de luces fantasmales, de tragos cortos y largos y sus inevitables peleas.  Hay algo terrible en la declaración de dicho señor. Andamos peor de lo que pensamos en nuestros peores momentos. Así, más o menos, a ese nivel de desprecio por lo mejor, anda la clase empresarial, política e intelectual de estos predios, puesto que el que alquila el local del “Adonis” se alucina que es las tres cosas a la vez.

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