Iglesia, política, periodismo

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Y una previa sobre Mirna, la alcaldesa

ESCRIBE: Jaime Vásquez Valcárcel

La previa: Conozco, o mejor, tengo noticias de Villacorta Cárdenas, Mirna, desde niño cuando vivía en el barrio de la cuadra diez de la calle Putumayo y ella incursionó en el mismo de una manera repentina y el habla popular se encargaría de difundir sus movimientos en la zona con cierta dosis de incredulidad y sorpresa. De un momento a otro desapareció pero su nombre quedaría marcado para todos aquellos, como yo, que escuchan historias y jamás se olvidan. Luego reaparecería en el escenario –de mi vida, por lo menos- como integrante de una ONG y, después, como lideresa y alcaldesa. Lo demás es historia conocida que, estoy seguro, tiene algunos bemoles. Y como la semana pasada la alcaldesa ha hablado de moral y política me atrevo a lanzarle democrática, cortés y frontalmente la propuesta: que ella reúna a sus funcionarios y yo me comprometo a juntar a todos los niños (hoy ya todos pintamos canas pero igual recordaremos esos años esplendorosos) de la época para conversar de moral y todas esas vainas. Le juro que sería una conversación interesante y hasta podría difundirse en algún programa de televisión. Lo dejo ahí, la propuesta, se refiere.

Las veces –que no han sido pocas- que el profesor Aurelio Tang Ramírez ha intervenido en diversos medios de comunicación siempre ha ratificado que no hay que temerle a la política sino a los politiqueros que han ensuciado esta actividad y que todo lo que el ser humano haga o deje de hacer es política. Tomo esas palabras de Aurelio no sólo porque coincido con ellas sino porque a raíz de los curas pederastas y todo lo que se descubre en torno al tema estoy muy sensible a todo lo que puedan decir/hacer los curas y los políticos.

Monseñor Julián García Centeno, Vicario Apostólico de Iquitos ha dicho hace algunos días que la población está cansada de los políticos y sus promesas. Al instante varios políticos contestaron la opinión porque, claro, les dejaba mal, sobretodo a aquellos que han hecho de la promesa fácil y cumplimiento postergado una forma de activismo.

“En lugar de hacer política, el cardenal Cipriani debiera ocuparse de temas que hoy preocupan a la sociedad, como las abundantes denuncias sobre pedofilia en el clero sin que la estructura religiosa hubiera respondido a favor de todos los niños violados, en lugar de hacerlo para encubrir a los curas que delinquieron”, escribe Augusto Álvarez Rodrich en su columna del diario “La República”.

Los españoles “somos especialistas en perder oportunidades históricas”, ha señalado  el escritor español Arturo Pérez-Reverte, quien lamenta que en su país no se produjera en su momento una revolución que “barriera” a “curas, reyes y aristócratas”, unas “fuerzas reaccionarias” que “siguen todavía hoy aquí” poniendo “bastones en las ruedas del camino del progreso”.

El máximo dignatario de la Iglesia católica cubana, el cardenal Jaime Ortega, exige un “consenso nacional” sobre la necesidad de que los cambios se imponen, “y su aplazamiento produce impaciencia y malestar del pueblo”. “Muchos hablan del socialismo y sus limitaciones, algunos proponen un socialismo reformado, otros se refieren a cambios concretos que hay que hacer, como dejar atrás el viejo Estado burocrático de tipo estalinista”. “Pero hay”, asegura Ortega, “un denominador común fundamental: que se hagan en Cuba los cambios necesarios con prontitud para remediar esta situación”.

El redactor de BBC Mundo, Hernando Álvarez, ha indicado que uno de los mayores desafíos editoriales a la hora de hacer la cobertura sobre los escándalos de pederastia en la Iglesia Católica es el poco acceso que hay a las autoridades eclesiásticas. Por lo general los grandes jerarcas no suelen conceder entrevistas y es prácticamente imposible que el Papa acepte ser cuestionado por un periodista. Ante la dimensión del escándalo que azota a la Iglesia, los medios nos vemos obligados a esperar las homilías y los comunicados para tener una respuesta en la que no hay derecho a contra preguntar. Repito las preguntas –que ojalá algún representante de la Iglesia Católica pueda contestar- porque creo que podría esclarecer mucho el escenario sombrío que se tiende sobre los curas y quienes son sus seguidores: ¿Qué es más grave: el pecado o el delito?  ¿Basta con arrepentirse del pecado ante Dios o es necesario enfrentar los tribunales civiles?  ¿Qué tipo de castigo cree que debe recibir un sacerdote que haya abusado de un menor?  ¿Se debe castigar de la misma manera a un sacerdote y a un civil que han abusado de un menor?  ¿Hay perdón posible para quien haya abusado de un menor? ¿Quién en la Iglesia se está encargando de ayudar y representar a las víctimas? ¿Cree que la Iglesia debe arrepentirse de la forma como ha manejado los casos de abusos sexuales contra menores?, si se pudiera volver al pasado, ¿cómo manejaría el tema desde que se inició el escándalo?, la Iglesia hace intensas campañas contra el aborto entre sus fieles de todo el mundo, ¿ha hecho campaña entre sus fieles contra el abuso sexual de menores? ¿Las últimas denuncias que han salido a la opinión pública ameritan un cambio radical en la estructura de la Iglesia? ¿Se debería incluso pensar en una posible dimisión del Papa?

Como se verá, entre Iglesia y política no hay división posible. Es más, quizás hasta tengan más coincidencias de las que aparentamos. El caso de los curas pedófilos y el chuponeo telefónico es una muestra actual, aunque no la única. Y en medio de todo esto los periodistas que siempre nos convertimos en aguafiestas, hasta en las misas. Y por eso se entiende que tanto los políticos como los curas siempre tienen sus medios de comunicación porque les interesa el escándalo en los otros para tapar los propios y porque siempre intentarán que exista un pensamiento uniforme en torno no sólo a cuestiones religiosas sino ideológicas ya que con ellos aseguran la permanencia de la especie. Así que no se sorprendan cuando se vea a curas encubriendo a obispos pedófilos y se observe a políticos sirviendo de paraguas hacia quienes son acusados de corrupción. Y tampoco hay que sorprenderse de los periodistas que escandalizan unos temas y minimizan otros porque tanto en nombre del Señor como del bien común se puede acudir a esas licencias, aunque ello no asegure la entrada al Cielo.

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