Gabo: real para siempre

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[ESCRIBE: Gustavo Vásquez Vásquez].

 

Quizás con quienes compartí más aquellas inquietudes en aquellos años fueron los Jarama. Principalmente Said a quien abrumaba con la emoción que me producía Gabo y Bill con quien quizás compartía más la emoción por su literatura y sus historias y a quien puedo decir que le “contagié” el gusto por la literatura del creador de Macondo.

El fanatismo que un autor despierta es el mejor síntoma de su eficacia sin límites. Eso faltaba para seguir con la celebración de Gabriel García Márquez, un caribeño que parece que se fue de rumba. Un tiempo, un tiempo prolongado. La muerte para él apenas es un número en la estadística. Nada más. Y el autor de esta crónica, colaborador de este diario y de esta casa editora, nos lo recuerda con emoción desbordada, con fanatismo fructífero.

Juvenal Urbino no encontró mejor día para morirse, con los ojos ensopados de lágrimas y mirando por última vez a su amada Fermina de toda la vida, que un domingo de Pentecostés. Aquella fecha tan significativa y festiva para los cristianos. Gabriel García Márquez, quien con su genio literario entregó el soplo de vida a Juvenal y Fermina, encontró su último día en esta vida terrenal un jueves santo, un día de fiesta también de tremenda significación para los cristianos. Lo mágico y lo real una vez más compenetrándose como en toda la vida del gran Gabo.

Si escribir literatura es jugar un poquito a ser Dios, creando personajes, lugares, historias; dotándoles de vida, quitándoselas; otorgándoles sentimientos, conteniéndoselos. En eso (y que en esto no me disculpe nadie) Gabo era el mejor. A partir de realidades muy cercanas a él y en base a personas muy conocidas por él fue entregando un soplo de vida a aquellos personajes que nos emocionaron, que nos conmovieron, que nos humanizaron aún más. Las relaciones incestuosas que vinieron desde sus antepasados tuvieron una importancia relevante en sus obras. Los amores contrariados nunca fueron tan bien narrados porque tuvieron una raíz real que fue tomando ese toque mágico que la convirtió en literatura y de la mejor. Los coroneles, los aurelianos, los josé arcadios, los santiago nassar, las úrsula iguarán, las cándidas eréndiras, las abuelas desalmadas, se salieron definitivamente de las letras impresas para volverse personajes de carne y hueso.

Para hablar de Gabo más allá de artilugios de literatura, siento que debo hacerlo desde la impresión que produjo y marcó en mí. En el año 1,985, en el curso de Literatura de Quinto Año de Secundaria en el colegio San Agustín de Iquitos, el profesor Manuel Marticorena nos hizo leer varios libros de manera obligatoria. Uno de ellos era Cien Años de Soledad. En aquel momento se me entrelazaron las palabras, se me cruzaron las historias, me estresaron esas mezclas de realidad y ficción y sólo me quedó grabada la imagen de un viejo encerrado incansablemente en un cuarto de un pueblo que poco a poco comenzaba a desintegrarse, jugando a ser alquimista, o algo así. No lo entendí mucho y más terminé leyendo el libro por la obligación del curso.

Al año siguiente, ya en mi primer año en la universidad en Lima, una amiga me puso un libro en las manos y me dijo: Toma, léelo, te va a gustar; es una historia de unos viejitos que se aman en un barco. La pasta amarilla de aquel libro no me decía mucho. El título de por sí ya me interesaba: El amor en los tiempos del cólera. Desde que empecé con aquello de: Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados, algo me remeció en aquel instante. La armonía de las palabras, la magia que se adivinaba en aquella frase, me dijo que lo que tenía en las manos en aquel momento era un libro que definitivamente sí valía leerse. Lo leí sin pausa, casi sin tregua. A partir de entonces la literatura tuvo otro sentido en mi vida. Si Cien años de soledad es una hermosa historia literaria de la evolución de américa latina, El amor en los tiempos del cólera es el poema de amor más extenso escrito jamás. Nadie refleja mejor al hombre enamorado de los ideales que el coronel Aureliano Buendía, así también nadie refleja mejor al hombre enamorado del amor que Florentino Ariza. Terminando de leer la historia de Juvenal, Fermina y Florentino, busqué inmediatamente el libro que no había terminado de comprender un año atrás. Una a una sus páginas se me fueron descifrando como los pergaminos de Melquíades, develándome con una emoción intensa la maravilla de la literatura de Gabo.

Después hurgué en todos sus libros (con orgullo puedo decir que los leí todos). No me contenté con eso. Jaime Vásquez tenía los libros de sus artículos periodísticos en Colombia y pude leerlo en esa dimensión en que también hace maravillas con las palabras. Alguna vez Gabo dijo que uno de sus lectores que más le impresionó fue una rusa que le envió una carta diciéndole que se había atrevido a reescribir Cien años de soledad para convencerse quien estaba más loco: si ella o aquel escritor de la desconocida Aracataca.

La literatura de Gabo es tan emocionante, tan hermosa, tan nuestra que no podía ser mezquino de atesorarla solo yo. En aquellos años de estudiante universitario en Lima se lo recomendé a todos los que podía: a mis amigos de la universidad, a mis amigos de toda la vida de Iquitos. Nuestras reuniones tenían una sección especial destinada a comentar la literatura de Gabo, a emocionarnos con sus personajes inverosímiles y tan reales, a soñar con sus mariposas amarillas y la espera del coronel. Gabo era un personaje más dentro de nuestras reuniones. Quizás con quienes compartí más aquellas inquietudes en aquellos años fueron los Jarama. Principalmente Said a quien abrumaba con la emoción que me producía Gabo y Bill con quien quizás compartía más la emoción por su literatura y sus historias y a quien puedo decir que le “contagié” el gusto por la literatura del creador de Macondo.

Años después, en los últimos años de vida de mi padre y cuando ya estaba viviendo nuevamente en Iquitos, y por la imposibilidad que él tenía para leer por una dificultad seria en la vista, leíamos (es decir yo leía en voz alta) varias obras literarias. Leímos muchos libros sugeridos por él hasta que le dije: Hay que leer El amor en los tiempos del cólera. Mi padre asintió. Hasta ahora recuerdo con emoción las veces que interrumpíamos la lectura por las carcajadas que provocaba en él la narrativa de Gabo. Este es un gran puta, me decía y continuábamos. No recuerdo alguna descripción más elegante y a la vez cruda de una relación sexual que las narradas por Gabo en este libro. Una verdadera lección de uso de las palabras. Nunca una grosería ha estado mejor colocada que en los escritos de este escritor que nació el mismo año que mi madre. Ninguna otra palabra podría reemplazarlas porque nunca están forzadas, siempre están donde deben estar. Después de terminar El amor en los tiempos de cólera y de que Florentino dijera que quería seguir en este ir y venir del carajo para toda la vida, cogimos Doce cuentos peregrinos. No pasamos del tercer cuento por el tema recurrente: la muerte. Mi padre me pidió que no siguiéramos y yo se lo agradecí porque el alma se me ensombrecía porque él estaba empezando a sentir la inminencia de esta visitante que llegó solo algún tiempo después, un 16 de junio de 1,997.

La literatura de Gabo nos transporta a muchos lugares y nos hace conocer mucha gente. Esa maravilla no la detiene la muerte. El tan mencionado realismo mágico hará que Gabo se mantenga real para siempre dentro de la magia. Gracias maestro por tanta literatura, gracias maestro por tantas historias. Gracias Gabo por tu vida.

 

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