Fue ayer

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Algún día escribiré cómo tuve que radicar en Lima en agosto del 2012 dejando todo lo que tenía en Iquitos. Todo. Cuando digo todo, es todo. Todo. Diarismo militante, programa televisivo agobiante y decenas de proyectos que tuvieron que esperar mejores tiempos y climas apropiados. Fue ayer y bien me acuerdo. Hoy no me arrepiento de esa decisión porque, también algún día escribiré, me permitió conocer la miseria humana y saber que los políticos tienen un lado bueno inexplotado y que los periodistas muchas veces creemos que somos la solución de los problemas cuando en realidad somos el problema mismo.

Para pocos es un secreto que antes de ser llamado por Víctor Isla Rojas mi cercanía hacia él era eventual y, digamos, que manteníamos una lejanía profesional que se acortaba por períodos vagabundos que se perdían como aparecían. Después de ese llamado burocrático ya no me es posible escribir con tanta facilidad sobre el político Isla Rojas porque, lamentablemente, todo lo que escriba a su favor podrá ser utilizado en su contra. Entonces, el favor se convierte en negativo por arte de quienes creen que es imposible compatibilizar las buenas maneras con la buena práctica profesional.

Y en la parte del periodismo local qué les puedo decir. Más epidermis que profundidad. Más mediocridad disfrazada de elocuencia como tributo a la nada. Con las excepciones del caso, sin duda. Desde la semana pasada con un grupo de apasionados estamos metidos en una aventura periodística que nos mantiene en vilo. Nos quita el sueño pero es de ensueño. Nos provoca vigilia y nos confirma que existimos. Para la vocación, se entiende. Y, como para agregar más leña a la hoguera de la quemazón vocacional, desde ayer he regresado a la conducción del programa emblemático de este grupo editorial. Es decir, a las entrevistas cerca de la medianoche, donde a veces uno siente que los días nunca terminan para quienes abrazamos este oficio abrasante.

Encuentro lo mismo de siempre. Los mismos mitómanos del micrófono que se valen de los mismos políticos con un poquito más de mitomanía. Los sofistas de toda condición han hecho de la ignorancia de unos la información de otros. Pero, que se entienda bien, please brother, con todas esas características me he sentido como ebanista ante la madera trabajada o como orfebre ante el metal adornado. Porque quienes llevamos el periodismo en las venas siempre tendremos espacio para hacer lo que queremos. Es decir, transmitir nuestros pensamientos y los de otros sin caer en la intolerancia y sin apelar al egocentrismo que tanto daño hace a la profesión y a quienes en el otoño de sus vidas creen que la vocación llega con la necesidad y no saben lo equivocados que están.

Fue ayer. Y parece que han transcurrido décadas. Si se dejó todo para radicar en la capital de la República con toda esa panza de burro que lleva en su cielo habrá que hacer todo lo posible para que este retorno impensado se también con todo. Con los mismos bríos de junio de 1990 cuando un domingo 3 llegué desde Lima, previa escala técnica y familiar en Pucallpa, para pedir a un cura llamado Joaquín García que, por favor, me permitiera escribir en el semanario que dirigía y que era el que mejor digería en mis espacios universitarios.

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