¿Fragilidad con cicatriz?

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Mi infancia fue ambulante por razones laborales de mi padre. Unos meses en un lugar, años en otro. Es lo que había y no me quejo. En diferentes contextos y con gente distinta que te va repujando una narrativa sentimental propia o singular. Son momentos y espacios que vas cincelando las emociones, la llamada gramática  extraterritorial para los trasterrados. En unos lugares morabas más que en otros. En mi adolescencia el ir de Lima a Isla Grande (IG) fue un cambio brutal que me dejó patidifuso. Y la vuelta de IG a Lima fue otra experiencia que me dejó sin palabras. Pero lo digieres de a pocos. Recuerdo que en uno de esos lugares de paso de la infancia tuve un amigo de nombre X. Era un muchacho más alto que yo, vivaracho, que vivía la vida como los de todos los niños de esa edad. Nos gustaba el fútbol y el ajedrez. Éramos aficionados de la colección de álbumes de jugadores de fútbol. En la charla con los amigos el pata contaba unas historias tan creíbles que nos dejaba a todos alucinados por su verosimilitud pero eran frutos de su ubérrima imaginación. Andaba con una sonrisa en los labios. Era hijo único y él tenía un gran amigo mayor que él que le llamaba mi primo; a este le gustaba estar con niños regalándonos caramelos y carantoñas o jugando al fútbol. Un día a X lo vi cabizbajo, fuera de sí como si estuviera en un lugar diferente. Le dije que le había pasado. Me respondió secamente, nada. Que no me preocupara. Pasado el tiempo me di cuenta que ese momento fue un punto de inflexión para él. Su carácter cambió pero para mal. Se agriaba con frecuencia y buscaba broncas con los otros muchachos del cole, “chócala para la salida”. Un día mientras caminábamos me confesó que el pata que le llamaba primo, no era su primo. Era un conocido de la familia, un vecino. Me dejó caer que en una aciaga tarde que estaba en casa abusó de él amenazándole si dice algo le puede pasar algo gordo. Me dejó perplejo esa confesión, incómodo. Tampoco le quise preguntar más para no abrir más las heridas. Seguidamente, me hizo prometer que no se lo diga a nadie porque sus padres y él se mudaban para Lima al día siguiente. Me vino esta historia que la tenía perdida en mi memoria al escuchar al músico inglés James Rhodes y su historia de violación de parte de un profesor de música. Quien hace eso a un niño o niña es un asesino de la vida. Al mismo tiempo, hay que tener suficiente valor y coraje para superarlo como los hizo Rhodes. Con el regreso de este episodio a mi memoria me pregunto ¿Dónde andará X?, ¿andará solo?, ¿se casó?, ¿tuvo hijos?, ¿seguirá vivo?

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