Los primeros días de enero en un antiguo degolladero de Madrid hay un centro cultural de nombre Matadero, es la envidia sana a cualquier amazónico o amazónica que quiera disfrutar del arte. Hay exposiciones de pintura, escultura, cines, teatro ¿se imaginan un centro cultural en Iquitos?, ¿es un sueño, pesadilla o una utopía casi ulcerosa? Esta vez fuimos al teatro a mirar la obra “Kathie y el hipopótamo” de Mario Vargas Llosa. En la sala donde se exhibía la obra hay un antiguo rótulo que dice y luce: degolladero de cerdos. Así con la certeza de no ser degollados entramos a ver la obra. Lo que separa a los espectadores/ras de la ficción es una línea delgada bien pintada en el suelo. Es la frontera que delimita la realidad con la imaginación, de los sueños, de las quimeras. El papel estelar de la obra recaía en Ana Belén quien interpreta con gran solvencia  a una mujer peruana en una buhardilla parisina donde da rienda suelta a sus recuerdos teniendo como amanuense a un escritor. Además que en muchos de los pasajes canta como los dioses y el da un soporte de oxígeno a la historia. El ejercicio de la memoria a través del recuerdo es un ir y venir de ambos protagonistas. Lo que ella cuenta se transforma y cambia bajo la pluma del escritor. Es la tesis principal del Nobel peruano. Que la experiencia cuando ingresa al mundo interno y es escrita se convierte en ficción. Lo que uno cuenta no es lo que ocurrió si no lo que más se acuerda y en Kathie sucede eso. La vida emocional de ambos protagonistas se entrecruza cómplicemente. En unos segundos antes de terminar la obra esa separación ficción versus realidad se rompe cuando la protagonista representada por Ana Belén le llama al pianista por su nombre para que le siga en una canción final (es su hijo en la vida real) dándole aliño de realidad a la ficción. Muy recomendable.

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