En tierras de candangos (epílogo)

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Cuando caminas por la calles de Brasilia tienes la sensación que estás en un espacio inmenso. Que eres un pigmeo de las decisiones de los dioses (y demonios) de esta parte de la sabana. El sol cada día es más candente y el aire acondicionado se hace imprescindible en algunos momentos del día. En los diarios las noticias alarman de la sequía, del racionamiento del agua. Las noticias en la tele y en los diarios de papel se centran en la trágica muerte de un célebre actor brasileño en las aguas de un río, de manera premonitoria en la película que filmaba el personaje moría en esas mismas aguas; eso hace más infausta la muerte, más incomprensible la vida. Siguen los casos de corrupción – dependiendo de los canales (comentaban que la cadena de televisión O globo estaba muy escorada hacia los golpistas blandos), el expresidente Lula se defiende como gato panza arriba rodeado de los suyos. Miro por la ventana del hotel y diviso edificios residenciales, shopping center, coches en sus largas carreteras, cambera de caminos que te dejan atónito. Es una rara emoción entre los edificios, la soledad urbana, la inmensidad, la naturaleza que puede aplacarte. Es un día a día de las personas de esta gran urbe centrado en sus quehaceres laborales. Pareciera que no hay vida de barrio, de repente lo hay, pero a simple vista no aparece por ningún lado. Camino y huroneo junto a edificios inmensos y veo que por necesidad han brotado construcciones informales para la venta de comida, seguro que no lo previó quien lo diseño. Cosas de la cidade. Lo que más me gusta de esta ciudad que junto a esos edificios de cemento crezcan los árboles de todas las dimensiones que por la estación tienen pocas hojas y lucen en su mejor esplendor los tallos y las ramas. Admito que me seduce de sobremanera el color ocre intenso de la tierra, me trae mil recuerdos de mi infancia. Así en el bucle de estas cavilaciones llegué al memorial de los pueblos indígenas, una construcción de Oscar Niemeyer, está construida de manera circular. Parece una gran maloca, me encantó. Es mi ansiado diseño de una casa en la floresta. Mi alegría duró poco, había un cartel a la entrada del museo que decía que el memorial estaba cerrado. Solo me quedó decir con cara de circunstancia, obrigado.

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