En tierra de candangos, Brasilia

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La sensación al bajar del avión en el Aeropuerto JK, Juselino Kubitschek, es que estás aterrizando a un lado ignoto del planeta tierra. Las mochilas y cartas de navegación que cargan los viajeros nos sitúan en una ciudad de dimensiones colosales en cuanto a la planificación urbana, y de hecho lo es. Como parte de ese morral del viajero tenemos que a la ciudad le llaman la Capital de la esperanza o también Ciudad utópica – que desde aire se parece a un avión o un pájaro, porque partía de un axioma igualitario pero fue un sueño que fue diluyéndose a lo largo de la construcción como lo pueden probar los alojamientos de candangos que construían la ciudad, vivían en una suerte de barracones y se han quedado allí, mostrando una gran metáfora de las luces y sombras de esta gran urbe. Ante una gran obra de arquitectura o de ingeniera, por lo general, se tiende a esconder esos héroes anónimos que hacen posibles esas obras y es necesario hacerlo ostensibles, no ocultarlos. Todas esas historias y voces no ostensibles me caen como un alud emocional mientras dejamos atrás el aeropuerto. El taxi nos lleva por una avenida inconmensurablemente larga, larguísima que casi perdemos el aliento. La sensación que me inunda es que como si estuviera en la sabana africana como Lusaka, Kigali, los árboles y la tierra de un color ocre intenso se parecen. Las medidas de la ciudad son descomunales. Es más, cuando le damos la dirección al taxista él pata tuvo que consultar el sector en el Google map para llegar con cierta precisión, Asa Sul. Añadir que el calor también nos pasaba factura. La sensación térmica era abrasadora. Hay autovías y carreteras que te cruzan en el camino y solo atinas a mirar con cierto asombro. A pesar ya casi de estar en la estación de lluvia esta no hacía su aparición y por esos días habían decretado cierto racionamiento de agua – llevaba cien días sin llover. Muy cerca del hotel hay un centro comercial y pocos caminantes, casi todos usan el coche/carro para transportarse. Esta situación me parece muy extraña. Sin embargo, el transporte público dicen los nativos de Brasilia que no es bueno, es insuficiente. El caminante es un avis raris en esta parte de la sabana. Es cielo abierto, estamos de Brasilia.

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