N.A. Ratificado todo lo aquí escrito el 2011, me parece absurdo que quienes exigen respeto a las minorías falten el respeto a la mayoría y nieguen u traten de ocultar lo evidente: que el Papa Francisco es un líder mundial.

Ciudad del Vaticano tiene más pederastas que territorio. En la Santa Sede todo depende de la moneda que deposites. Para confirmar todo lo que se dice sobre El Vaticano nada mejor que recorrer sus ambientes. Los guardias de El Vaticano se muestran más inmóviles que el pensamiento cristiano que los curas quieren imponer. Y es que la imagen de la jerarquía católica luego del intento de tapar los casos de abuso sexual ha quedado dañada. Más aún si recordamos que no hace mucho Silvano Tomasi, observador permanente del Vaticano ante la ONU, lanzó este improperio “dentro del clero católico, sólo entre el 1,5% y el 5% de los religiosos ha cometido actos de abuso a menores” tratando de justificar a las ovejas negras que pastean por los pasillos de todas las parroquias del mundo.

Si uno se quiere poner profundo se puede quedar con poquita fe. Hacia la “Santa Iglesia Católica”, como nos repiten en las misas, me refiero. Si uno quiere ponerse en plan de turista tiene que poseer una amplia billetera. Fíjense. Para subir a la cúpula, desde donde se podrá apreciar no sólo ciudad de El Vaticano sino buena parte de Roma, hay dos precios. “Cinco euros por escalera y siete por ascensor” en perfecto castellano afirma un guardia con cara de santurrón. Pero no se vaya a creer que con siete euros uno ya está en la cúpula. No. Sólo es menos de la mitad de los peldaños necesarios. Porque con euros o sin ellos usted tiene que subir más de trescientos peldaños si quiere disfrutar del espectáculo, prohibido para los aerófobos, por supuesto. Y cuando uno llega le asalta la pregunta ¿cuántos euros se debe pagar para llegar al cielo? Y no le queda ganas ni siquiera de cantar aquella versión carnavalesca de “para subir al cielo se necesita, una escalera grande y otra chiquita”, porque ya se ha comprobado que no se trata de escaleras sino de billeteras.

Siendo el país más pequeño del mundo tiene el instrumento de poder más eficaz de la tierra: la religión. Porque todo su poder se basa en eso: la religión. Y si de poder se trata son pocas las diferencias con otros poderosos. Siendo el país más pequeño del mundo sus problemas son grandes. Ya los cables Wikileaks mostraron que la diplomacia de EE UU lo ha definido como un “poder provinciano, cerrado y anticuado”. Y es que el secretario de Estado y número dos del Papa, Tarcisio Bertone, que es una especie de gerente general, no tiene pocos detractores pero goza de la confianza del Papa.

Y ni qué se diga del responsable de la Sala de Prensa vaticana, el padre Federico Lombardi, de quien se dice que usa Blackberry cuando muchos de los dirigentes más importantes no tienen siquiera correo electrónico. Este hombre –especie de James Murdoch de las comunicaciones– es simultáneamente jefe de la Radio Vaticana y del Centro Televisivo Vaticano, además, es vicario general de los jesuitas, es decir, número dos de la Compañía de Jesús. Por lo tanto, si nos ponemos a analizar las interioridades del poder que se teje y maneja en El Vaticano, llegaremos a la conclusión que allí se hace lo que se repite en Iquitos o en cualquier lugar donde la Iglesia Católica tiene cierta presencia. Y eso para no hablar de Joaquín Navarro Valls, español opusdeísta que se caracterizaba por realizar “filtraciones de malas noticias”.

Así que esa monarquía teocrática que basa su economía en todas las contribuciones monetarias que hace la iglesia católica a lo largo del mundo no me merece mucho respeto. Y su práctica mundial es inversamente proporcional a las magníficas obras de arte que tiene la Basílica de San Pedro.

(*) Pro & Contra, 16 de noviembre  de 2011

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