El redactor en su hora final

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El redactor en su hora final

Percy Vílchez Vela

Entonces, el modesto redactor de El Oriente sintió  que se abría el abismo ante sus pies. Su  terrible hora final, momento destinado a todos los mortales,  parecía haber sonado. En su agitada vida, ganada o perdida entre el correr del delirio de  las noticias, la escritura apresurada y al borde del ataque de nervios, el aroma de las modernas máquinas de impresión de su tiempo y la terrible hora del cierre,  jamás  había  pensado que se batiría a balazos con un intolerante funcionario. Pero así era. Y todo por emitir  su opinión sobre el excesivo cobro de las cuotas escolares de ese tiempo remoto.

En el Iquitos de antes, en esa aldea aislada del resto del universo, amanecía  el 5 de enero de 1908 y el modesto redactor, el casi anónimo escriba, no tardaría en jugarse la vida en un increíble duelo. La carnicería estaba pactada para las  9 de la mañana, hora exacta,  y salvo un milagro todo estaba perdido  para él. Era absurdo lo que iba a pasar, pero los dados de la inminente muerte estaban echados. Todo por culpa del señor Jorge Borda, irascible funcionario educativo que tenía el cargo de actuador de matrículas y que no soportaba pulgas ni admitía la opinión contraria. Es decir, él tenía la única verdad en sus manos.

El modesto redactor del desaparecido diario se llamada Alfredo  Luna. En su biografía no hay nada rescatable ni recordable. Era uno de esos hombres simples que no ambicionan cumbres y que cumplen su jornada sin brillo, pero ese puesto modesto era  su grandeza pues no existe un periódico sin ese redactor volante que llena los vacíos, que cierra la edición.  Salvo esa jornada donde hablaron las pistolas, su vida pasó desapercibida.

La historia provinciana del hecho de sangre se iba a incrementar con el  cadáver agujereado del modesto redactor. Porque, como es lógico suponer, era un desastre en asuntos del ejercicio de la puntería y del simple tiro al blanco.  Suponemos que detestaba la violencia, confiaba más en las palabras para convencer. Pero tenía que asistir a ese intercambio de balazos como  a sus propios funerales. ¿Dónde estaba el director del diario que debía asumir su responsabilidad? ¿Dónde se había visto que un simple redactor iba a ser ajusticiado por escribir su opinión?

En resumidas cuentas, podríamos decir que el tozudo  retador,  que insistía en que su honor había sido mancillado, en que su buen nombre no merecía ese maltrato y esas cosas que se dicen en esas circunstancias, era también  un hombre gris, un modesto ciudadano perdido en la burocracia educativa, cobrando cada mes un sueldo. Ser de cansante rutina,  debió sentirse superior a ese plumífero subalterno, a ese limitado escriba que se había atrevido a contradecirle. Lo grave del asunto es que también era inexperto en el uso de armas de fuego.

El terrible duelo se ejecutaría  en los entonces solitarios y abandonados terrenos de Versalles. El tribunal de honor se esmeró en arribar a acuerdos sobre la matanza con los padrinos nombrados por ambos contendores: el lugar, la hora, el tipo de arma y otros detalles menores. En una ciudad que todavía vivía la carnicería del caucho, donde los sicarios habían hecho su agosto, el duelo debió ser socialmente permitido. Y ningún juez o fiscal interpuso sus buenos oficios para evitar el intercambio de disparos.

En su camino hacia la muerte el infortunado Roger Casement siguió esperando en vano el indulto. La ilusión insistía en vivir hasta el último suspiro.  Es difícil saber lo que sintió el modesto redactor mientras avanzaba hacia el improvisado campo de tiro. Bien pudo rezar una oración, suplicando perdón por sus pecados. O tal vez invocó algún milagro que le salvara de los disparos ajenos a cambio de un rendido culto posterior.  Ignoramos también lo que pensó  el retador mientras iba hacia los terrenos de Versalles. En los relojes de la ciudad eran las 9 de la mañana, la hora final.

En el campo del duelo, el modesto redactor y el tozudo funcionario recibieron las últimas  instrucciones para proceder con sus nerviosas pistolas. Entonces tomaron la distancia debida, se dieron las espaldas, giraron en un grave momento y apretaron los gatillos. Las sonoras estampidas de los balazos suspendieron las vidas de los escasos espectadores del duelo. Pero ambos eran tan malos en el arte de disparar que nunca se supo donde acabaron las balas.

El duelo entre el modesto redactor y el tozudo funcionario es apenas un curioso episodio de la lucha entre prensa y poder. Y en el Iquitos de antes donde el periodismo en general vivía arrodillada ante el poder del cauchero Julio César Arana. En el presente, algunos intolerantes o corruptos anhelan coser a balazos a los escasos periodistas que critican sus desastres. Asesinarlos sin perder tiempo en duelos o quebrantos. El director y el editor de este diario, por ejemplo, la vieron oscura hace poco ante las amenazas de muerte de un energúmeno. En el continente nuestro, el mandatario Rafael Correa se lleva las palmas en intolerancia ante el periodismo, y no le haría ascos a un pelotón de fusilamiento encargado de despachar a mejor vida a periodistas que se oponen a su  gobierno.

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