El permanente último lugar

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En un mundo al revés y al través, el último lugar sería ansiado, buscado e idolatrado porque equivaldría al reconfortante primer lugar. Entonces se confirmaría lo que el maestro Borges creía o decía creer: que toda derrota es una oscura victoria.  Lamentablemente, todavía no existe en ninguna parte ese planeta invertido. Ello es peor para nosotros, los bravos y nunca bien ponderados loretanos de pura cepa. En compresión de lectura, como desde hace tiempo, andamos a nivel nacional en la cola. En el sótano, en el suburbio, en los arrabales, de la asimilación del conocimiento y, sobre todo, del disfrute de esa variación de la dicha que es toda buena lectura.  

En esa ubicación denigrante, como si nada, continuamos invictos, porque no existe una campaña radical a favor de la lectura. Ninguna autoridad, ningún colectivo civil, ni los ardientes protestantes del gremio de maestros, hacen nada de nada. Como si estuviera lloviendo. Y somos últimos en entender un texto, un libro, como decir últimos en todo. Porque ahora el insolente cachupín que sólo hace plata, el torpe exportador que abre   negocios y negocios, el burro con su comercio y su excedente, no son nada. Se acabaron los días de los oropeles de lo material. A lo  menos en otra parte.

Lo hemos dicho ya y no nos cansaremos. Como región hemos  renunciado al futuro, tiempo posible donde el índice de bienestar y de progreso también se medirá  por la cantidad de libros leídos al mes. En ese mundo, que no es una extravagancia trasnochada,  qué cabida tiene un estudiante que no entiende ni los titulares de los diarios de Iquitos. ¿Dónde quedaron los jóvenes que chatean como locos, que parrandean cuatro días a la semana, que beben más de la cuenta y que nunca han leído un libro?

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