El patrón de indigentes

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En la década del cuarenta el siglo pasado, se perdió en Iquitos una excelente ocasión de acabar con el desorden de la pobreza extrema. En ese momento a alguien se le ocurrió decretar la fundación de una especie de regulación de la mendicidad ambiente, creando un padrón. Para inscribirse el pordiosero tenía que demostrar que andaba en el abismo de la indigencia. Debía demostrar que nadie le fiaba, ni prestaba plata, pensionaba y ni le mantenía. Luego tenía que firmar un compromiso para no ocupar lugares prestigiosos de la ciudad como veredas de iglesias, cercanías de cualquier cine, sitios de los comercios más importantes. Y, luego, tenía que comprometerse a usar maneras dignas de pedir el óvolo cristiano, la voluntaria contribución, la salvadora limosna, a los respetables y correctos caballeros y decentes damas.

Es decir, el pordiosero debía olvidar la voz llorosa, de la lacrimal súplica, de la mención al sagrado nombre de Dios. De esa manera se anunció el fin del mal espectáculo cívico de los desheredados de todo. Muchos años atrás, en 1914, por ejemplo, la ciudad del Dios del Amor, al arte de los huaqueros, al bien común, pero ajeno y al entierro bajo, carecía de mendigos callejeros o esquineros. Todavía no sabemos en qué momento y debido a qué perniciosa influencia, aparecieron esos hombres y mujeres sin nada ni nadie. Ese extraño y folclórico padrón de miserables no resultó por alguna razón que desconocemos. Y eso es lamentable. En estos días, ante la abundancia de tantos pordiosero que piden limosnas groseramente, nos hace falta un orden, un control, una imagen decorosa.

Los beneficios serían notables si se hubiera establecido ese patrón bastante folclórico y hasta delirante. Los pordioseros de ahora pordioseros podrían evitar recorrer las calles y hasta podrían pedir las cuotas, los óvolos, las ayudas, por teléfono o por el correo electrónico. Así no se verían ese espantoso espectáculo de hombres y mujeres que ya no pierden tiempo en afincarse en calles o esquinas y diariamente escarban entre los abundantes desperdicios llevando cualquier cosa que los demás no necesitan.

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