El olor del parinari

El olor del parinari

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La lluvia tropical había descargado torrencialmente que parecía que caía un alud de piedras a punto de romper el techo. El sonido era atronador. Como viñetas que adornaban la tormenta caían rayos y truenos en la oscuridad de la noche que le recordaba a los turbiones de su infancia. La noche se iluminaba a golpe de fulgores por los rayos que dibujaban ramas torcidas en el cielo penumbroso. La lluvia cambiaba todo. Se fue la luz eléctrica por unas horas, la ciudad se quedó en apagón, no era novedad ante una lluvia de esa intensidad. Se escuchaba la sirena de los bomberos.  Las canaletas del techo estaban obstruidas con las hojas secas del mango del vecino, anegó por unas horas dejando un rastro de humedad en forma de un continente en el cielo raso. Gafes de vivir en esta isla, bisbiseó sin amargura y profunda resignación. Gracias a esa tormenta tropical de anoche la habitación se mostraba más fresca que el ventilador se hizo imprescindible. Pasada la tormenta se quedó hasta las tres y veintiuno de la mañana leyendo y esbozando algunas crónicas para su blog. Duerme poco estos días. Luego de caminar muy temprano y antes que salga el sol, el médico le había recomendado hacer ejercicios y tomar mucha agua (unos dos litros diarios), regresó a su habitación y se puso a ver si tenía algún mensaje por el móvil y nada. El café con leche sabía mejor que el de ayer ¿será la calidad del café? Es ecológico y no usaban plaguicidas, se leía en una de las etiquetas que llevaba un sello de agua la imagen de un grano de café del valle de Chanchamayo.  Lo acompañaba con unas galletas un poco pasadas que estaban en una de las repisas de la cocina, todavía se podía comer porque la fecha de prescripción era dentro de un par de meses. Encendió el televisor y en el primer canal pasaban un programa infantil con una chica guapa a cargo del programa. Que bailaba y cantaba meneando el trasero ¿eso quieren los niños?, ¿no sería mejor algo para que piensen mejor? Son sus berrinches mañaneros. Se puso a zapear y se detuvo en un programa de entrevistas que pilotaba un viejo conocido y amigo untuoso de los gerifaltes insulares, el personaje era un ingeniero- comerciante que se rumoreaba que aspiraba a cualquier puesto político en las próximas elecciones. Estaba desesperado para figurar en la palestra. El ingeniero con gafas de pasta redondas (parecía a un nerd) estaba oficialmente en campaña. Sus asesores de prensa e imagen le dijeron adulonamente que tenía buen gancho en el público femenino – lo peor es que se lo creyó y con su voz redicha lanzaba cátedra en los diferentes temas y todos sabían de su supina ignorancia. En la entrevista lanzaba denuestos a todas las autoridades y funcionarios. Las manidas quejas que eran ineficientes, que la región necesita mejor líderes y que él encarnaba un proyecto nuevo, diferente a lo que se venía haciendo, pero nadie sabía cuál era su puñetero proyecto (sin mencionar su pasado de trapicheos y sobornos con el municipio de la isla de enfrente en el recojo de basuras, olía al supay). Luego de escucharlo unos minutos, apagó el televisor. Esa mañana, dijo malhumorado, empecé con el pie izquierdo y asestó un furioso golpe con la mano en la pared hasta sentir un ligero dolor. Es más de lo mismo y lo peor es que la gente embuché ese mensaje.

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