El fin del  crucificado

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El forastero, con la carga de la cruz al hombro, sudando diluvialmente y arrojando aullidos de dolor, recorrió de pronto las calles de Iquitos. No era un desfile por la vía  crucis de la vida o una muestra del martirio humano. Era la campaña electoral del señor Waldo Ríos. El citado quería por todos los medios habidos  y no habidos ser parlamentario por Loreto ya que no podía gobernar Ancash como presidente regional, pues tenía un feo entuerto con la justicia peruana. Además,  debía una buena cantidad de soles contantes y sonantes.

En trance de crucificación eminente, mandándose azotar a cada rato por un ayudante, el susodicho radicalizó su campaña cuando no  logró repuntar en las encuestas. Ocupaba el último lugar y como los votantes, que a menudo votan por cualquier cosa, lo pensaban mejor y no daban pelota a tan singular personaje andino, él buscaba más tortura.  Faltando pocos días para la fecha central de las elecciones, el señor Waldo Ríos decidió crucificarse en serio para atrapar de una vez por todas el voto que se le iba para siempre. No reparó que el juego era excesivamente peligroso  y contrató a un verdugo.

En medio de ánforas electorales, el verdugo enderezó la cruz del tormento eterno, subió a una silla a Waldo Ríos y le hizo extender los brazos hacia los extremos del madero. Sin decir nada, le clavó varios daros, hizo igual con los pies montados y le puso la corona de espinas que eran unos clavos de respeto. El señor Waldo Ríos, antes de estirar la pata, agonizo varios días, pero nadie decidió votar por él.  Es de suponer que en todo ese tiempo alcanzó a darse cuenta de que había perdido soga y cabra, pues el verdugo se marchó de la ciudad dejándole  entre los últimos estertores.

 

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