El álbum de imágenes engañosas

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[En Feria Internacional del Libro de Bogotá]:

Escribe: Percy Vílchez


En ese ambiente se vuelve más sombrío la fotografía de un varón bastante joven, de contextura delgada y vestido con sombrero albo, saco blanco manga larga y pantalón oscuro. Está subido a un trípode en cuyo extremo figura una cámara de filmación y le acompaña una joven también vestida con sombrero, blusa blanca, falda negra y botas.
En la calle Raimondi de Iquitos de antes, en el número 17 y con casilla postal número 130, se fundó en 1902 un estudio fotográfico que atendía a su distinguida clientela con retratos en todos los tamaños posibles, desde el natural hasta el agrandado. También vendía molduras, marcos, porta retratos y toda suerte de material fotográfico. El establecimiento atendía todos los días, incluyendo los feriados y domingos de 8 de la mañana a 3 de la tarde. El propietario de ese negocio era don Manuel Rodríguez Lira, uno de los primeros fotógrafos del cauchero Julio César Arana. El otro fotógrafo, el más dotado, el más eximio, el más servil, fue el portugués Silvino Santos. Las imágenes del citado, que fueron captadas hace más de un siglo, eran manipuladas, eran engañosas, y acaban de ser publicadas como una segunda versión. La obra se llama como antaño:
Album de Fotografías, Viaje de la Comisión Consular al río Putumayo y Afluentes, de agosto a octubre de 1912. La obra es un acontecimiento a todo nivel y fue presentado primero en Iquitos, después en Lima y este sábado en la 27 Feria Internacional de Bogotá.

El homenaje más rotundo de esta nueva versión de una de las ferias librerarias más importantes del planeta, fue a la fresca y reciente memoria del mago de Aracataca, Gabriel García Márquez. En tantas partes, como una presencia ineludible y dominante, estuvo presente la figura y el genio de ese novelista magno en forma de afiches conmemorativos, fotos artísticas de gran tamaño, muestras de fragmentos de sus mejores obras, opiniones sobre él de otros escribas y de personas importantes, lecturas de pasajes de sus libros, ediciones y más ediciones de tantos títulos frecuentados con fidelidad por sus innumerables lectores. La misma feria, por otra parte, fue también un homenaje al iletrado Perú de estos tiempos. El antiguo país de los incas tuvo su lugar y su asiento en dicho evento y todo giró en torno a presentaciones de libros nacionales, a exposiciones varias, a evidencias de la sabrosa y atrayente gastronomía vigente, a otras manifestaciones de la riqueza cultural del país milenario. En ese ambiente bastante peruanizado, desde una isla remota, desde la lejana Iquitos, Tierra Nueva también estuvo presente para presentar una de sus mejores publicaciones.

El libro de imágenes tomadas hace más de un siglo por Silvino Santos convocó a algo así como un consorcio de entidades, el Centro Amazónico de Antropología y Aplicación Práctica, la Agencia Española de Cooperación Internacional para el desarrollo, el Centro Internacional de Trabajo sobre Asuntos Indígenas y Tierra Nueva, y fue presentado hacia el mediodía del sábado pasado en una especie de panel dirigido por el periodista y editor Jaime Vásquez Valcárcel y contó con la participación de Manuel Cornejo Chaparro y quien estas líneas escribe. La obra, en el fondo, es una recuperación de la memoria dispersa, fragmentada y dolorosa de una época que todavía no termina y que es una herida sangrante para los descendientes de los que sobrevivieron al horror. El siempre vital y ávido público bogotano entonces, gracias a los panelistas o presentadores, pudo conocer algo más de un instante crucial que tiene mucho que ver con los colombianos y con otros países del continente verde. Las preguntas quemantes caen por su propio peso: ¿cómo fue que la Amazonía de todos los tiempos perdió para siempre un bien vegetal que cada vez es más importante en el mundo? ¿Por qué Tailandia es actualmente el primer exportador de caucho natural en el mundo, mientras que China es el primer productor de caucho artificial? ¿No puede acaso repetirse la misma barbarie si existiera la demanda internacional de otro bien del bosque o de las aguas?

En Bogotá ahora suele llover de un momento a otro y la temporada de frío hace que esa ciudad tenga ese aspecto lúgubre que menciona varias veces en algunas de sus obras Gabriel García Márquez. En ese ambiente se vuelve más sombrío la fotografía de un varón bastante joven, de contextura delgada y vestido con sombrero albo, saco blanco manga larga y pantalón oscuro. Está subido a un trípode en cuyo extremo figura una cámara de filmación y le acompaña una joven también vestida con sombrero, blusa blanca, falda negra y botas. La escena era impensada o anormal o inédita en cualquier parte de la fronda del Perú de hace más de un siglo, porque la toma fue realizada en el dominio rural, en el mundo campestre, y aparecía la tierra recientemente cultivada con unos cuantos árboles, la parte de una maloca, unos hombres vestidos a la usanza occidental y muchos indios sentados o parados. La imagen, de acuerdo a la versión de Jean Pierre Chaumeil, es de 1913. El joven delgado trepado al trípode, que mira directamente a la cámara con optimismo, es nada más y nada menos que Silvino Santos, el que tomó las fotos del álbum que es propiedad de Tierra Nueva.

Es decir en pleno bosque, lejos de los cines de ese momento en Iquitos, el citado estaba filmando un documental que se llamaría Putumayo, precisamente. La joven que le acompaña no es la actriz principal. Es su esposa llamada Ana María Shemuly, muchacha de origen alemán que fue criada por Julio César Arana. Cerca estaba el pasado año de 1912. En poco tiempo el portugués había mudado de oficio. No era ya solo fotógrafo. Era un flamante cineasta. Después de los 3 meses acompañando a los cónsules, y preparando a los indígenas para las fotos, el citado viajó a París a estudiar cine y no dejó de frecuentar a los hermanos Lumiere. Esto quiere decir que el fotógrafo y cineasta, tan vinculado a la historia amañada del caucho, fue influenciado por el inicio del cine, por ese primer documental que en la Rue de los Capuchinos hizo que las gentes de entonces se sorprendieron o espantaron al ver las imágenes de obreros saliendo de las fábricas, mientras un tren venía amenazante desde alguna parte.

Es decir, como cineasta reciente, Santos siguió sirviendo al cauchero peruano. Nada le apartó de su destino nada ejemplar, de su reprobable distorsionador de la verdad. Es como si las tantas denuncias contra Arana no hubieran significado gran cosa. Era como si las víctimas no contaran para él. Era como si el terror no se hubiera rodeado de cadáveres. Una pregunta es inevitable: ¿cómo un hombre tan joven, tan dotado, estaba al servicio de algo espantoso, al servicio obsecuente del horror desatado? No basta la explicación del parentesco con Arana ni la influencia del amor a la mujer, a Ana María Shemuly, porque en esa inclinación a esconder el mal hay algo tan oscuro, tan perverso, tan inhumano. Y las fotos de ese hombre inescrupuloso estuvieron presentes en un evento libresco que rindió homenaje póstumo a un novelista que a lo largo y ancho de su vida estuvo al servicio de las causas nobles, de lo mejor que tiene la humanidad entera.

Las Naciones Unidas, hacia el 2007, denominó a Bogotá como Capital Mundial del Libro. Algo de eso hay en la descomunal feria que presenciamos, con sus incontables ambientes, sus espacios para tantas cosas, sus desbordantes auditorios, la cantidad de presentaciones culturales y, sobre todo, la respuesta de un público que expresa su adhesión con colas para casi todo: para entrar o salir de los recintos, para asistir a las jornadas culturales, para comprar libros. Pero la feria es solo la expresión más alta en la celebración de ese gran invento de la humanidad, porque durante el año el culto al libro y a las manifestaciones artísticas y culturales prosigue sin desmayo en esa urbe que en algún momento se llamó La Atenas de Sudamérica.

 

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