Educación y autoestima nacional

Educación y autoestima nacional

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Entre nosotros es común aquello de “el mayor enemigo de un peruano es otro peruano”. Es una frase que hace alusión a un mal enraizado en nuestra sociedad que junto con nuestra independencia ya va a cumplir doscientos años. Aquí, tradicionalmente, hemos confundido crítica con diatriba, oposición política con destrucción personal, sátira con mala leche. Nuestro vocabulario está impregnado de términos y referencias que no le hacen bien a la convivencia humana, al sistema democrático y a la construcción de una sociedad libre, justa y culta.

No voy a reseñar uno a uno esos términos y referencias, pero creo que este comportamiento deriva, entre otros, de factores sociológicos y políticos que han ido inculcando en nuestra impronta neuronal una resistencia inercial frente al progreso, una suerte de conformismo, de resignación a ser un país de segunda y no aspirar a ser un país de primera. En los factores políticos, por citar sólo uno, pesa mucho la tradición golpista que ha tenido el Perú, las sucesivas interrupciones de procesos democráticos. Hemos sido dominados por el autoritarismo, sojuzgados por el militarismo, esclavizados por mitos que lejos de contribuir a crear espíritus superiores, nos han arrinconado en oscuros callejones sin salida a lo largo de nuestra historia republicana y contemporánea.

En cuanto a lo sociológico, uno de los factores determinantes de esta “forma de ser” es indudablemente, la calidad de la educación que tenemos. Nuestra educación es pobre, ha sido siempre pobre, pero actualmente -con las tecnologías de información, con mejores infraestructuras, con más maestros- es lamentablemente  más pobre, y por tanto, sus resultados en la formación humana son más pobres aún. Lo percibimos nítidamente quienes hemos recibido instrucción primaria y secundaria en la década de los setenta.

Contrariamente a lo que se nos ha hecho creer, esa pobreza de resultados en la formación humana, no es únicamente un tema de puntos más en el presupuesto público a favor de la educación. El año 2017, Perú asignó el 18.4% de su gasto público a Educación que representa una cifra superior en  5.2% a la asignación de 2016; sin embargo, Finlandia -el país que junto a Corea del Sur admiramos por la calidad de su educación- dedicó 12.32% de su gasto público a dicho sector.  Para no ir muy lejos, Uruguay, país sudamericano, destinó el 2016 el 14.93% de su gasto público a Educación y produce mejores resultados que el de Perú.

Claro que las cifras citadas son relativas porque los montos dinerarios de esos porcentajes dependen del tamaño del presupuesto de cada nación, de la población escolar y del gasto público per cápita por alumno. Lo que nadie quiere decir en voz alta es que necesitamos algo más que más puntos porcentuales en el presupuesto, algo más que infraestructuras y tecnologías. Lo que requerimos, en realidad, es otra actitud de los gobiernos, los padres de familia, y sobre todo, de los maestros frente a la educación.

Me pregunto, por ejemplo: ¿Cómo podría ser integradora, tolerante y ejemplarizadora la educación peruana si el discurso de un dirigente magisterial grita a todo pulmón un dogma ideológico arcaico, insensato, decimonónico y superado por la historia como es aquella de la línea sindical “clasista”? ¿Sabrán que el “clasismo”  tan vociferado en manifiestos, en calles y en propaganda sindical, deriva de la clase proletaria que según Marx debía tomar el poder detentado por el capitalismo (dictadura de la burguesía) por medio de la violencia para instaurar la “dictadura del proletariado”?

¿Sabrán que el “proletariado” al que se refería el barbudo del Támesis no es el magisterio, sino la “clase obrera”, aquella que trabajaba en las grandes fábricas de los capitalistas? ¿En qué contribuye todo este rollo a la autoestima nacional? ¿No es hora de trabajar más bien: proyectos de vida, emprendimientos empresariales, educación financiera, cultura de inversión, solidaridad auténtica, responsabilidad social, conciencia ambiental?

Sé que no es políticamente correcto decir esto, pero siento la obligación de decirlo “rompiendo ese infame pacto de hablar a media voz” del que hablaba Gonzáles Prada.

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