Editorial – Setiembre 8

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La desgracia del oro

El Perú sigue siendo un país de metal y melancolía. Sobre todo en la región de los verdes bosques y las vetas de oro. Melancolía es una metáfora que expresa otros males, más brutales, más feroces, para todos aquellos que entran en contacto con el mercurio que dejan los modernos buscadores de ese preciado y codiciado recurso. La tragedia de la contaminación y de los males auríferos es algo recurrente, circular. Aparece de pronto ante la denuncia de algunos moradores que así buscan defender sus vidas. El último caso, que sepamos, ocurrió en el poblado de San Antonio de Pintuyacu, parcialidad donde viven actualmente los Iquito.

El Napo, río donde los primeros navegantes hispanos suponían que había bastante oro,  río que en el pasado soportó buscadores demenciales como aquellos que, después de perder sus lavaderos por una creciente, quemaron todo y se dieron a la fuga, es estación de dragas clandestinas que buscan oro. Metal y melancolía otra vez. Porque resulta que los pobladores de esa arteria fluvial se sienten amenazados por la presencia del temible mercurio. Y tienen toda la razón. Y están denunciando a los buscadores ilegales y clandestinos que nadie sabe cómo entran con tanta facilidad a buscar el brillante metal.

En el pasado, la desaforada búsqueda de oro en la maraña, acabó la mayoría de las veces en tragedia, en carnicería, en fracaso. En muerte para los que vivían en los predios del bosque. No había tanto oro en ninguna parte, pero la ambición decía lo contrario. Hoy, las víctimas de esa ambición, siguen siendo los que apenas pueden defenderse. El oro entonces es una desgracia para los moradores que viven cerca de las vetas, de los emporios. ¿Qué se puede hacer para que las dragas ilegales no vuelvan a entrar a cualquiera de nuestros ríos?

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