Editorial – Setiembre 20

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El delito dentro de la cárcel

La situación de la cárcel peruana, lugar donde los presos supuestamente se regeneran para beneficio posterior de la sociedad, es desastrosa. El censo de delitos que se comenten diariamente en esos penales es abundante. Es entonces que  en esas pequeñas cuatro paredes, en esos diminutos antros,  el reo prosigue en sus trece, continúa con su vida al margen de la ley.  La corrupción, desborde delincuencial tan presente en el país, es común en esos lugares. El preso peruano, pues, no se rehabilita. Prosigue con sus malas costumbres. Nada se hace en serio para remediar esa situación, lo cual convierte a las cárceles en lugar permanente de los bajos fondos.

El penal de Guayabamba no puede escapar a esa regla del desastre carcelario nacional.  Noticias de tráficos ilegales, de contrabandos menores, de privilegios exclusivos para los capos de variadas mafias, de abusos, de reyertas, cruzan su biografía. Pero el reciente hecho de la violación de una mujer que estaba de visita, por parte de un reo, era impensado en ese lugar donde el hacinamiento, como de cualquier cárcel peruana, es uno de sus rasgos más evidentes. Nadie pudo sospechar que dentro de las paredes de ese penal, donde se paga el delito, se pueda cometer un hecho  esa magnitud. Pero así ocurrió.

El estupro no es un hecho aislado, una monstruosidad que estalló de repente, sin embargo. Es la continuación del delito dentro de una cárcel. El hecho revela el grado de degeneración a que puede llegar una persona donde no existe una auténtica política penitenciara, donde la rehabilitación es una farsa. No es posible dejar pasar una oportunidad así  para buscar soluciones definitivas a ese viejo problema de nuestra sociedad. El delito dentro de la cárcel no debe continuar como si nada, como algo normal.

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