Editorial – Octubre 26

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La permanencia de las tinieblas

En el principio eran las tinieblas. Ahora, entre nosotros, como en el inicio, vuelven las tinieblas. No por malsana influencia de los astros o la  furia de dioses contrarios al mundo del trópico. Se trata de que la empresa encargada de brindar la indispensable luz eléctrica, pierde los fusibles y da paso a los siempre nefastos y temibles apagones. Ello fuera del habitual cronograma de cortes de luz que la bendita empresa publica de vez en cuando. Es decir, no hay un servicio eléctrico eficaz en Iquitos, que como cualquier aldea tiene racionalizada la iluminación.

Cuando en la ciudad de las parrandas y las botellas volteadas en medio de un infernal bullicio se inauguró el servicio de la luz eléctrica, don Alfonso Navarro Cauper, amoroso notario de hechos y sucesos diarios, memorioso patriarca de eventos urbanos, publicó un encendido elogio a ese invento que llegaba; alcanzó a decir que había venido algo así como la felicidad universal. El aludido no imaginó siquiera que esa luz artificial arribaba con su correspondiente apagón. El apagón se convirtió en la expresión normal de una deficiencia de entrada, donde el servicio   no satisfacía la demanda. 

Ese desfase inicial nunca se corrigió, pese a los años y los desengaños. Los apagones son una constante en la ciudad, desaparecen un tiempo, aparecen de improviso, causando una serie de daños y perjuicios a los usuarios que pagan puntualmente el servicio. Para remediar ese mal perpetuo se ha hablado de inversiones, de hidroeléctricas, de tantas cosas. Pero hasta ahora nada de nada. Y los apagones siguen siendo una traba, un forado en la vida normal de tantos ciudadanos de esta parte del mundo. ¿Hasta cuándo seguiremos entre las tinieblas, como en el principio,  cuando no existía la luz?

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