Editorial – Noviembre 9

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El aumento miserable

El locuaz y peleador mandatario peruano Alan García Pérez viene suplicando a sus altos funcionarios que suban el triste y hambreador sueldo mínimo vital. Según sus propias palabras, que nadie cree. Porque, como cualquier caudillo, hace y deshace a su antojo y voluntad en este país de desconcertantes gentes. Esa voluntad de aumentar los centavos de ese salario pordiosero no es muy fuerte. Parece una burla. No consuela a nadie. Antes que se marche a sus cuarteles de invierno o de verano, piensa aumentar 50 nuevos soles a cada desdichado que gana ahora 550 nuevos soles peruanos del Perú.

Perdonen la tristeza, como decía el dolido poeta nuestro que murió de hambre en París. Ese incremento anunciado, cacareado más bien a través de Radioprogramas, es un horror. De acuerdo a especialistas en el tema, la cesta básica nacional de una familia promedio anda por los 1,500 nuevos soles. Sin contar los necesarios gastos culturales. Y el mandatario todavía se atemoriza, se muñequea con esa miseria que tantos peruanos y peruanas, que apenas sobreviven con ese sueldo de hambre,  rechazan de plano y en plan de protesta. ¿No era mejor no decir nada, dejar las cosas como están? ¿O no hubiese sido mejor subir 50 soles cada año desde que comenzó el segundo gobierno alanista?

El anunciado aumento miserable, a la vez de insultante es ilustrativo. Al margen de las cifras, de las estadísticas, de los pros y contras, esos 50 soles es una muestra del fracaso de una administración que jura, por calles, plazas y medios, que nos está llevando hacia el primer mundo. Salvo que ese lugar sea un condado de arrancados, misios perpetuos, recurseadores diarios, enganchados a usureros sin piedad, recicladores de la basura cotidiana, mendigos esquineros u otra expresión de la pobreza.

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