Editorial – Noviembre 26

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El daño del agua  

Del improbable primer mundo, ficción repetida por el hablador Alan García, nos botarían a patadas si sólo conocieran el reciente informe de la Defensoría del Pueblo.  Resulta que en 21 lugares de esta república de mentira,  donde mucha de su gente se muere de hambre, el agua no sirve ni para taco de escopeta. O sea no para beber, no para cocinar, no para bañarse. Ni para jugar carnavales por su contaminación. El agua de todos los días, del grifo a domicilio, del grifo público,  es hasta peligrosa para la salud pues puede adolecer del indispensable cloro y contener bacterias patógenas.

Del primer mundo alanista, condado de la patada que nadie todavía conoce, los moradores de la ateniense Requena saldrían volando porque allí, rodeado de tantas aguas, el líquido elemento es nocivo para los usuarios. Es un daño colectivo calmar la sed, por ejemplo, en un lugar  rodeado de tantas aguas, inclusive de quebradas contiguas y aledañas.  O de pozos con agua filtrada desde las entrañas de la tierra. Nada que hacer, el agua es un daño como en las maldades del mundo shamánico. Y dicha urbe debería entrar en una inmediata alerta. No se debería esperar alguna desgracia espectacular para recién tomar las medidas indispensables.

Del ridículo primer mundo aprista, lugar tan inexistente como una mujer de Marte, los peruanos seríamos expulsados solamente por carecer de un verdadero servicio acuático. Desde antes, desde siempre. País de aguas significa la palabra Virú, primer nombre de esta nación perdida. Pero esas arterias, que más abundan en la maraña, no sirven para nada a la hora de brindar el servicio potable. ¿Qué ocurriría con nosotros si no tuviéramos tantos ríos ante nuestras narices?  ¿Nos hubiéramos muerto de sed en las puertas de la empresa prestadora del agua dañada?

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