Editorial – Noviembre 23

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Evidencia de victimas

En La guerra del fin del mundo, obra cumbre del premio Nobel de Literatura del año 2010, Mario Vargas Llosa, el León de Natuba, un ser anormal y discapacitado, quebrado para siempre, invàlido perpetuo, se esfuerza por vencer sus limitaciones físicas y participa  en el dramático instante subversivo,  propiciado por el iluminado predicador Antonio Mendez Maciel, el Consejero. El citado minusválido es un héroe, visto desde la reivindicación de los rebeldes marginales, de los santos de lo popular, de los que creìan que estaban que el fin del mundo a las puertas de la historia de siempre. El inválido es  un héroe, visto desde sus huestes de desamparados, desde la guarnición de los perdidos. Otros hechos importantes, que no es del caso mencionar aquí, fueron y son episodios de evengardura para la vida de todos los días en cualquier parte de la tierra.

El inolvidable León de Natuba no podría soportar un instante en su mesa al alcalde de la bella ciudad de Contamana, cuyo  nombre nos negamos a escribir, nos negamos a manchar esta página. El citado, como si se tratara de algo normal, algo propicio al desembarco de servidores mutilados, despidió a servidores discapacitados, seres con alguna anomalía a cuestas, ciudadanos incompletos que sufren un drama permanente. No le importó al citado que esos seres fueran individuos en desventaja, seres disminuidos.

El inolvidable León de Natuba no podría ni conversar con ese burgomaestre banal, billetudo, burdo, ridículo, inepto, torpe, tarado, que cree que se pude sacar alegremente a servidores disminuidos, menguados, discapacitados, que de todas maneras tienen colectivos que les defienden. A esos gremios corresponde ahora defender a los despedidos de Contamana. El poder también puede partir de las minorías, de los que son menos, de los discapacitados.

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