Editorial – Noviembre 22

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La inseguridad de todos los días

El ciudadano común y corriente de estos pagos verdes y fluviales, el ofendido por el miserable aumento alanista de 50 nuevos soles,   y en dos fracciones, el que elige cada cierta tiempo con su voto a tanto inepto, es un ser desamparado todas las horas del día y de la noche. Su vida corre peligro, donde quiera que vaya, donde quiera que se encuentre. No puede salir a la calle con la esperanza de volver sano y salvo, vivo y coleando,  porque puede sufrir un robo repentino, un asalto con efusión de sangre, un accidente letal. No puede viajar como un aventurero cualquiera, un gozador del paisaje bucólico, porque puede ser víctima de los piratas acuáticos.

Lo  peor de todo es que la violencia urbana y rural, la inseguridad de todos los momentos y los días,  no existe en ninguna agenda como problema grave, como serio inconveniente social.  No sabemos de nadie que haya  tomado en serio el incremento de los robos, de los asaltos, de los crímenes. Recientemente, ningún candidato esbozó un plan para proteger al ciudadano de la ciudad y del campo. Cada vez que ocurre algo, se escuchan declaraciones, se nota preocupación en los rostros, pero nada más. La inseguridad se ha vuelto signo de estos tiempos.

El inconveniente explosivo de la violencia desatada, de acuerdo con antecedentes históricos,  no se soluciona con el incremento de las hordas policiales, con la  vigilancia de cámaras ubicadas  estratégicamente en distintos lugares. Hay un hecho en el país que puede ayudar. En tiempos de la colonia, ante la furia de los miembros de los bajos fondos, la población organizó una guardia urbana que se encargaba de la vigilancia cotidiana. Esa organización es utilizada hoy  por los llamados Pueblos Jóvenes. Es decir, la ciudadanía tiene ella misma que protegerse.

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