Editorial – Noviembre 2

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Un shipibo hacia palacio

Entre los aspirantes a ocupar el Palacio de Pizarro, después que abandone el trono el cacheteador y pateador Alan García Pérez, destaca un candidato inédito, un postulante novedoso. Desde la remota periferia de una antigua nación amazónica, desde uno de los centros de la marginalidad de la fronda, desde el linaje de los shipibo, surge la figura de al Miguel Hilario Supa, buscando el voto para dirigir los destinos de este múltiple, variado pero excluyente Perú. Es la primera vez que, entre nosotros, ocurre semejante hecho. Antes, ningún indígena voló tan alto. Los oriundos, hasta ahora, han logrado regidurías, consejerías y hasta alcaldías.

El shipibo que quiere entrar por la puerta grande del Palacio de Pizarro no es cualquier improvisado. Se ha preparado convenientemente, se ha quemado las pestañas, como se dice.  Estudió en una universidad norteamericana, trabajó como consultor en el Banco Mundial. Y ahora pretende gobernar los destinos de este país racista, negrero, marginador, donde el indígena es la última rueda del coche.  Donde el indígena es sólo una frase que llena la boca de algunos candidatos. Pretende gobernar ahora, cuando los nativos amazónicos emprenden jornadas de lucha en defensa de sus vidas y de los recursos naturales.

El oriundo hacia el Palacio de Pizarro no es, en la cruda realidad peruana, una real posibilidad de victoria, una versión del siempre esperado outsider. Es un gesto, una advertencia. De que la vieja cuestión indígena tiene que resolverse en el término de la distancia. El país oficial no puede seguir actuando como ha actuado hasta ahora con ellos, ellas. Los tiempos han cambiado y el viejo Estado nacional, tan propenso al abuso, a lo arbitrario,  tiene que buscar una relación horizontal con los indígenas.

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