Editorial – Noviembre 12

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El fallido harakiri del uniformado

El harakiri es una modalidad de pasar a mejor vida por mano propia. No se requiere de un asesino a sueldo, de un sicario rentado, ni del actual gobierno,  para irse con la música a otra parte. Cualquiera puede ejecutar ese crimen contra sí mismo, sobre todo ahora que el miserable aumento será en dos armadas, menos un distinguido miembro de la policía especial dedicada a combatir el ilícito tráfico de drogas. Pero sucedió en el distrito de San Juan, lugar donde el delito anda rebosante,  cuando el señor Hermógenes Santillán Dávila, después de beber sus aguas espirituosas y de ser conminado a dejar de tomar, se quiso hacer el harakiri a tiros.

Era después de la hora del cierre de tabernas y bares de toda filiación, ordenado por la ley seca edil después de la medianoche.  El aludido, ya sea por influencia del pendenciero licor o por simple machismo peleador,  extrajo su arma de reglamento, arma que debería servirle  para combatir el delito,  y amenazó a los miembros del serenazgo municipal. Después, por un descuido impensado, un error en el cálculo,  el matón con uniforme  se metió un certero balazo en la ingle. No murió, por fortuna, pero volvió a matar la escasa credibilidad de la policía nuestra de todos los días.

Porque esa policía, que debería  tener el honor como divisa, que fue fundada para  acabar con el mundo del hampa, parece un antro de seres fuera de la ley. Sobre todo cada vez que se conocen los hechos lumpenescos de serios uniformados.  El fallido harakiri del citado custodio no es más que otro episodio de la moral de algunos miembros de esa entidad tan importante para controlar el lumpenaje en aumento entre nosotros. ¿Qué ocurre dentro de la intrépida policía para que cualquiera de sus miembros acabe de matón y se meta un balazo?

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