Editorial – Mayo 27

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La desventura del último naufragio

La primera nave occidental que se hundió en las turbulentas aguas del Amazonas fue la embarcación que traía a don Francisco de Orellana. El navegaba de subida por el grande río, buscando afincar en el territorio verde. No arribó a su destino y su nombre yace en el fondo de esas aguas. El segundo naufragio fue más impresionante pues 12 naves, recién construidas, recién estrenadas, se fueron a pique al mismo tiempo. Eran las embarcaciones fabricadas para la expedición de los furiosos marañones. En el fondo de tantos ríos hay ahora un cementerio de naves perdidas en la tragedia de los naufragios. Estamos entonces ante una tradición desventurada, una sucesión de infortunios,  que de vez en cuando aparece con sus víctimas, sus pérdidas,  sus dolores.

El último naufragio acaba de ocurrir cerca a Indiana. La nave Camila zozobró sin que le asediaran desbocadas tempestades,  desatados vientos, alzadas olas o intempestivo fortín de rocas sumergidas. Naufragó por exceso de carga, por exceso de peso, por exceso de ambición del propietario o los propietarios que no dejan de pretender ganar más, sin importarles nada, ni la seguridad de los pasajeros o tripulantes, ni las  vidas que los aludidos. Ese exceso de peso, es uno de los más comunes y corrientes factores que de vez en cuando amplían el censo de esas tragedias fluviales a las cuales nos hemos peligrosamente acostumbrado.       

El último naufragio no hubiera ocurrido, con toda seguridad,  con absoluta seguridad,  si es que hace tiempo se hubieran tomado las medidas pertinentes para evitar el abuso de los propietarios de naves comerciales que van y vienen por nuestros ríos.  Las vidas cegadas, las pérdidas materiales, los llantos, los dolores, los lutos debido a esa nueva tragedia fluvial,  no existirían en estos momentos si se respetara la vida de los demás, la vida de los usuarios. Los ríos no pueden seguir siendo tierras de nadie, fábricas de velorios. Tienen que ser sometidos a control de parte de las autoridades encargadas para proteger la navegación fluvial.

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