Editorial – Junio 8

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La sanción al Policía desenfrenado 

El  sexualizado comandante de la casta y gallarda Policía  Nacional del Perú, Armando Ludeña,  debe estar lamentando su perniciosa afición de darle a la yema del gusto en cualquier parte, hasta en su centro de trabajo. No dudamos de que debe estar en callado llanto ante su vanidosa costumbre de perpetuar las poses y los disfrutes mediante sendas fotos. Debe estar, finalmente, desmoralizado porque fue pillado como un imberbe. Sin honor y si divisa, el uniformado fue separado de su cargo y puesto a disposición de las oficinas de personal y de inspectoría de su institución tutelar.

El comandante erotómano  comparecerá este jueves del presente mes para hacer su descargo correspondiente. Es decir, tendrá derecho a dar su versión sobre los escandalosos asuntos carnales que protagonizó.  Nos parece bien que semejante sujeto, tan peligroso en cualquier parte debido al evidente descontrol de sus bajos instintos, debido a su enfermiza obsesión por el sexo. Tiene derecho a defenderse aunque no sepamos cómo. Las pruebas de sus excesos, de sus desmanes, están allí. Evidentes, palpables, definitivas. En lo que respecta a las muchachas, nada se dice. Nadie sabe quiénes son, de dónde son. Nadie sabe si son niñas de sus hogares o integrantes de alguna red clandestina de prostitución que da servicio a los uniformados. 

El desenfrenado policía que no sabe controlar sus impulsos carnales tiene que ser sancionado ejemplarmente. Es nuestra opinión. No puede ser policía una persona que no tiene escrúpulos ni se detiene ante nada para saciar su deseo desbocado. Esperamos que en esta ocasión, la entidad policial, actúe drásticamente. Esperamos que  no apele al viejo y vicioso espíritu de cuerpo para salvar a dicho comandante prostibulario. Confiamos en que no se espere que las aguas se calmen para que el oficial sea trasladado a otra dependencia del país como si nada hubiera pasado.

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