Editorial – Junio 7

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El burdel en la Comisaria

La comisaria de Nauta  está ubicada frente a la Plaza de Armas y, desde cerca o desde lejos, desde arriba o desde abajo,  parece un respetable centro de fiero combate contra el delito, donde graves y estrictos policías se desviven por acabar con la perniciosa delincuencia.  Uno supone la alta moral del personal uniformado que labora allí, siempre con el honor como divisa, siempre listo  a emprender jornadas contra los vicios sociales que no escasean en esa ciudad.  Uno imagina tantas cosas de esa combativa policía que día a día no baja las armas para contribuir al bienestar ciudadano. Pero todo es falso. Porque esa comisaria puede parecerse a un burdel.

Desde ningún lado, esa comisaria aludida parece un antro de los bajos instintos, un centro de placeres de la carne,  una dependencia de desmanes eróticos.  Pero el jefe máximo de ese lugar, comandante PNP Armando Ludeña, decidió abandonar toda seriedad de las armas y de la batidas, toda lucha contra  el mundo del hampa y, como un simple animal acosado por sus glándulas, se sexualizó brutalmente.  Así como se lee.  Su lugar de trabajo, su centro de labor, la sede donde gana los frejoles cotidianos, se convirtió en un reducido meretricio.

Un burdel nada clandestino. Porque el gallardo uniformado, como un exhibicionista enfermizo, requiere del uso de la fotografía para, suponemos, jactarse ante sus subordinados de sus supuestas hazañas sexuales.  De esa manera es que la prensa y la ciudadanía pudieron enterarse de las andanzas nocturnas de ese comandante sin moral, sin ley, sin honor y sin divisa. La pobre comisaria de Nauta ha quedado en el arrabal de la vida prostibularia.  Nosotros, no podemos dejar de decir que esos desmanes eróticos del uniformado, no son episódicos, gratuitos. Simples metidas de pata. Son otro eslabón de la corrupción que afecta a esa institución.

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