Editorial – Junio 4

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La amenazada casa de todos

En el Evangelio según San Mateo, se dice que la casa es el mundo. Borges, maestro nada plagiario,  habría de repetir esa frase memorable en uno de sus cuentos. Esa casa de  todos y de todas, esa vivienda única donde caben los unos y los otros, está en peligro.  Es posible que uno de sus mayores riesgos sea la presencia de personas que no tienen un lugar en ese hogar común.  Ni siquiera una discreta habitación de paso. Son los que no tienen donde cobijarse y que viven a la intemperie. Están en todas partes. En donde menos se les espera. En los subterráneos de Las Vegas, en los terminales de algunos trenes europeos, en los itinerantes Sin Tierra y en cualquier lugar de este planeta que puede acabarse mañana mismo.

Cuando alguien se refiere al Medio Ambiente  se piensa que sólo se refiere a los bosques, los ríos, los glaciares, la naturaleza en general. Se olvida, con frecuencia, que dentro de ese rubro están también los seres humanos. Los que no moran en la casa que es el mundo son la expresión más acabada de la degradación general del Medio Ambiente. Porque son el producto de sociedades excluyentes que forjan sus víctimas. Esa explotación del hombre por el hombre, esa marginación de una legión de hombres y mujeres, se refleja también en la brutal agresión al ámbito circundante, a ese lugar que se debería cuidar como la única casa posible.   ¿Existe otra tierra en los abismos del cosmos desconocido?

La celebración del Día Mundial del Medo Ambiente no es cualquier fecha. No es el simple festejo de unas 24 horas de saludos optimistas, de jaranas relajadas y divertidas, de discursos sin contenidos. Es la fecha clave de algo crucial. La supervivencia de la especie humana. Así de grave, así de dramático. Expertos en el tema, reputados científicos de aquí y de allá, estudiosos desvelados,  sostienen que el peligro de una catástrofe universal, de una conflagración planetaria, está más cerca cada día.  Todo ello debido a los increíbles maltratos al entorno. Es decir, al hogar de todos. Esa casa está amenazada como nunca antes.

Desde el río Jordán que ahora ya es un lugar muriéndose, pasando por otros ríos contaminados de varios continentes, hasta arribar al lago de Morona que es una sentina de desperdicios,  la corriente destructoria no se detiene. Es planetaria. Como emisarios del exterminio del lugar donde viven, como heraldos de la segura muerte del hospicio de cada uno, ciertos sectores de la humanidad han decidido acabar con la viabilidad de la simple existencia.  Es difícil comprender la lógica de esa obsesión por la riqueza. ¿Cómo se puede ganar fortunas liquidando el lugar donde se vive? ¿Qué sentido final tiene la ganancia si todo se perderá en el exterminio?

Las alucinadas visiones de Juan en la isla de Patmos, que entre otras cosas hablan de la hecatombe final de la tierra, están más cerca que nunca. No son delirios de una mente afiebrada. Están a la vista de todos. De vez en cuando, cada vez con mayor frecuencia, se desbordan sin más. El cambio climático es tal vez la expresión última de esa conflagración que está allí, como una amenazante espada  de Damocles. Entonces, no nos cabe otra cosa que, en esta hora feroz para todos y todas, volver a inventar la utopía de la vida como oposición a los señores de la destrucción y de la muerte.

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