Editorial – Junio 22

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Tragedia en el Marañón 

Cuando se descubrió por  primera vez petróleo en Trompeteros se brindó con júbilo, se festejó con parrandas, se pronunciaron encendidos discursos. Nadie pensó que después ese don del subterráneo terrestre se convertiría en una seria amenaza para la continuidad de la vida. Sobre todo en esas indefensas aldeas remotas, en esas comarcas alejadas de las ciudades populosas. Eso es lo que viene ocurriendo hoy en el lejano distrito de Parinari, donde moradores de varios caseríos y centros poblados sufren las consecuencias de un inesperado e imprevisto derrame de más de 300 barriles de petróleo que eran transportadas por la barcaza Sanam III.

Como cuando ocurrían antiguas catástrofes fluviales, como cuando aparecían las brutales pestes, la vida cotidiana, la simple vida de todos los días, ha entrado en el tugurio de la pesadilla. Las aguas del Marañón están contaminadas y nadie puede beber de allí, bañarse, preparar los alimentos o pescar. La tragedia ha estallado en los lugares donde viven compatriotas indefensos, de pocos recursos, los del esfuerzo del día para sobrevivir. Eso hace más grave el hecho, pues en esas zonas del desamparo la muerte acecha. En vista de ello urge una respuesta inmediata para asistir a esos seres que tienen el infortunio de vivir en las cercanías del infausto derrame petrolero.  Y eso no ha sucedido.

La nefasta tragedia en un tramo del Marañón ocurrió el sábado pasado. Hacia el lunes todavía no se tomaban las primeras medidas oficiales para evitar mayores daños. Es decir, en una zona donde los derrames petroleros ocurren de vez en cuando, no existe un plan de emergencia para ponerlo en marcha de inmediato.  Las víctimas todavía tienen que esperar algunos días para que los otros, los que tienen el deber de atenderlos, se pongan de acuerdo, evalúen los daños, decidan cuánto van a gastar. Mientras tanto, ¿cómo la pasarán las víctimas del derrame petrolero?

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