Editorial – Junio 11

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El condado de los naufragios 

Todo en ti fue naufragio, oh abandonado, escribió hace tiempo el poeta Pablo Neruda. La frase puede aplicarse, con todas sus letras y sus acentos, a esta región acuática y boscosa del país peruano. No nos referimos a las pequeñas o grandes tragedias en tierra: a esas caídas perpetuas como las pistas mal construidas, las metidas de trompas y de patas de tantos políticos, las bobadas de los que nos gobiernan cada día y otros lamentables sucesos. Escribimos sobre las desgracias que ocurren en la navegación fluvial. Todavía no se extinguen los funestos ecos de la última tragedia entre las aguas,  cuando en el complicado y conflictivo escenario del transporte acuático, aparece el sospechoso caso de la nave Linares I.  

En estos instantes, mientras escribimos esta nota, la nave aludida está anclada a la altura del caserío Gran Perú, a cuatro horas en bote y motor de la ciudad de Iquitos. Anclada y malograda, luego de escapar de una zozobra que pudo tener su dramático costo  en vidas.  Ocurre que la embarcación partió con el permiso oficial del puerto de Enapu. Entonces iba con el respectivo permiso de zarpe, con todos sus papeles en regla.  Todo marchaba bien en ese viaje que pudo ser peor. Pero,  en determinado tramo de su ruta, recibió incremento de carga y de pasajeros. Después volvió a navegar pero ya con exceso, ya en peligro, ya cerca del naufragio. 

La nave entonces iba fuera de la ley, embarcada en los predios de la delincuencia, y no tardaron en aparecer los inconvenientes. De no haber sido por la pericia de los tripulantes, hoy estaríamos ante otra tragedia de la navegación. Es decir, la picardía, la trafa, el ansía de ganar unos centavos más, siguen rondando a los barcos que van y  vienen por estos ríos.  Históricamente,  vivimos en un condado de naufragios. Recordemos nomás la múltiple zozobra de los llamados barcos fundadores de Iquitos. Pero no es posible que ello sea una inercia  con víctimas. Algo se tiene que hacer para que los propietarios dejen de actuar como mercaderes de ese servicio.   La pregunta es inevitable: ¿Qué hacer para que entre nosotros todo no sea naufragio?

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