Editorial – Julio 5

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La partida del pastor del señor

El pastor del Señor, el padre Paul Mc Auley,  ya no estará entre nosotros. No puede quedarse en su parroquia de costumbre, ni asistir a sus fieles de siempre. Tiene que irse  de aquí en el término de la distancia, de acuerdo a la drástica decisión del Estado peruano de quitarle el derecho a la residencia en el país. El aludido tiene que partir con sus oraciones y sus ritos, sus prédicas y sus misas, pues se le acusa de hacer cosas ajenas a su oficio religioso, de perturbar el orden público,  de atentar contra la seguridad del país y de otras cosas graves.  Es decir, de un tiempo a esta parte, el citado  se convirtió en un peligroso agitador de iras desbordadas,  un pernicioso incentivador de rebeldías latentes, un indeseable sujeto capaz de promover la agitación, el  disturbio callejero, la movilización enconada y peligrosa.

El genio y la figura del padre Paul Mc Auley  se volvió proverbial en estos pagos  debido a su constante  protesta contra los daños ecológicos, contra los abusos a los indígenas. Era una voz más que se sumaba al coro del descontento, de la búsqueda de sentidas reivindicaciones.  Que sepamos el citado no fue nunca la voz principal ni el líder visible de esos momentos o movimientos. Era tan solo un apoyo verbal, mayormente.  Sin embargo, tiene que irse como si él fuera el principal promotor de protestas y rebeldías, como si él fuera el único perturbador de la paz social. No. La protesta indígena tiene raíces ancestrales, tiene antecedentes cruciales en el abuso, en la marginación.  No nace ni se ramifica por la presencia de tal o cual personaje. Está allí, desde casi siempre. Con o sin el padre expulsado los indígenas seguirán protestando. Con absoluta seguridad.   

La partida o la expulsión del pastor del Señor nos parece más bien un hecho represivo, un intento de mostrar la amenaza del  garrote o la cachiporra para tratar de controlar el movido subsuelo social amazónico. Pero los indígenas no requieren de tutores o guías forasteros. Desde los tiempos coloniales han jugado sus propias cartas, buscando sus sentidas reivindicaciones. De manera que es absurdo culpar a otros, a extranjeros residentes, a religiosos contestatarios, de perturbar a las gentes de estas tierras.  La perturbación de la paz viene de otra parte. De las injusticias que se cometen contra los marginados y los desheredados de estas tierras boscosas. Esa es la verdadera amenaza. Expulsar esas injusticias en el término de la distancia debería ser el credo y la ocupación de ese Estado nuestro.

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