Editorial – Julio 20

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El falso atentado

La presente campaña electoral no sólo es la estación del bochorno, de la picaresca, del beso público, del regalo pollero, de la rifa cerdista, de los dimes y diretes. Es, además, el lugar de la víctima, la sentina del que mata su lagarto y se pone a llorar como si se tratara de una desventura provocada por otro. Ese hecho apareció de improviso cuando  menos se esperaba, en la declaración de un candidato un poco perdido en el espectro de las encuestas, bastante extraviado en el nivel de las propuestas de avanzada.  El aludido acusó a otro candidato de preparar todo lo necesario para atentar contra su vida y la de su familia.

El atentado de marras no tiene fecha en el calendario y no sabemos cómo, mediante que servicio de espionaje o de inteligencia, ese candidato se enteró que su existencia estaba marcada por el encono de un atentado personal. Ignoramos,   por otra parte, si el crimen será cometido personalmente o se perpetrará bajo la modalidad del sicario contratado,  personaje que está de moda en nuestro país. El recurso de la muerte,  como frontera extremada para llamar la atención,  en realidad, no es nada nuevo entre nosotros. Recordemos que ayer nomás a un candidato que se hizo pasar por muerto, fingiendo que había sido  víctima de un fatal accidente fluvial.

Cuando ya se preparaban los funerales de tan desventurado ciudadano, este apareció vivo y coleando y listo a seguir en la brega electoral.  Era entonces evidente su intención torcida de pescar en el río revuelto de su supuesto deceso. De modo que mencionar a la muerte,  en verdad,  no es más que una invocación manipuladora y oportunista que revela, en el fondo, una total carencia de iniciativas innovadoras, una falta absoluta de planteamientos capaces de conquistar el voto del ciudadano.

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