Editorial – Febrero 7

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La fuga en tiempos del dengue  

En el furor de los ataques del dengue letal, la máxima autoridad de la salud regional, don Carlos Calampa del Aguila, depone sus armas de combate preventivo o fumigante, renuncia a su puesto y se va a su casa. El dengue sigue en pie, amenazante en su pasión por incrementar el panteón local y no renuncia a sus homicidios. La peste hemorrágica ignora el arte del mal o buen gobierno, desconoce  la manipulación política tan presente en cualquier gestión, nada sabe sobre la siempre intestina lucha por el puesto o el cargo; su oficio es matar y don Carlos Calampa se marcha en el peor de la tragedia como abandonando un barco que navega a la deriva en un mar encrespado.

El mar del dengue presente con sus muertes reiteradas. Cierto,  nadie es indispensable, nadie es imprescindible, nadie es irremplazable. Los individuos, buenos o malos, brillantes u opacos, pasan pero los instituciones quedan, mal que bien, pero hay momentos en la vida o en la historia en que no se puede abandonar una lucha, dar un paso al costado. Hay instantes en que se debe dejar de lado ciertas inevitables pequeñeces, ciertos enconos, ciertas caídas. Lo peor de todo es que todo está  mal, dejo el poeta Fernando Pessoa. No sabemos si eso piensa de la salud mortal y su todavía ineficaz combate contra el dengue don Carlos Calampa.   

La fuga en tiempos del dengue se consumó. El feroz zancudo ignora esas deserciones de los humanos. Ignora el cubileteo, los reconcomios en las esferas del poder. Esperamos que el relevo del saliente o renunciante, don Hugo Rodríguez,  no crea que lo peor de todo es que todo está mal. Esperamos que su acción diaria y su gestión a la larga tiendan a evitar que se expanda esa urna funeraria que pende sobre todos nosotros como varias espadas de Damocles.

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