Editorial – Febrero 3

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Los desafíos del nuevo pastor

En esta villa del señor de los cielos y la tierra, la iglesia católica ha cambiado de mando. El reverendo Miguel Olaortua Laspra es el nuevo obispo en reemplazo de don Julián García  Centeno: un varón que durante su mandato religioso mantuvo un perfil más bien bajo, que prefirió laborar al interior del rebaño de creyentes y que poco se involucró en la conflictiva vida social de nuestro tiempo. La opción preferencial por los pobres, célebre lema de esa iglesia militante, nunca fue. Salvo simples palabras, simples declaraciones, los pobres pasaron de largo. En forma oficial, jerárquica, la iglesia católica se derechizó en estos años, lejos de Puebla y Medellín.

El señor Luis Cipriani, ese fascista de los Andes, es su máximo representante y a cada rato rinde culto a su ímpetu reaccionario. El jesuita Lucas de la Cueva, alto dignatario de la Antigua Maynas, tenía un decidido apego al poder. Tanto que en determinado momento abandonó Borja y estuvo dos años en Lima, buscando que el señor virrey nombrara a su preferido para la gobernación de este vasto territorio. La opción preferencial de la iglesia oficial ahora es el poder. Cipriani es ejemplar en ese rubro. Cipriani y Fujimori, Cipriani y Alan García, parecen siameses de un mismo rebaño.  Nos parece que ese visible contubernio con el poder es un error.  

La iglesia católica, como las otras iglesias oficiales, vive hoy una crisis impresionante. La mejor prueba de ello es la aparición de los cultos apartados, hogareños, libres de jerarquías manipuladoras. Esos cultos pequeños, domésticos, son como sinagogas populares que buscan otros aires en la relación con el Creador. El catolicismo, si quiere sobrevivir, tiene que alejarse del poder y regresar a su opcional matutina, esa por los pobres que en el presente abren sus propias sinagogas.

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