Editorial – Febrero 17

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Las ofertas risibles

En la memoria de la frondosa picaresca local todavía se recuerdan las risibles ofertas del eterno candidato a una improbable presidencia nacional. Sucedió que el nunca bien ponderado ni bien aprovechado Leopoldo Charpentier, después de imitar el canto de algunos pájaros, el silbido del maligno tenebroso, el ruido de la lluvia, podía ofrecer cualquier cosa descabellada como enviar una delegación a la conquista del sol, la instalación de una colonia regional o nacional en la lejana Antártida. Tan peregrinas ofertas más parecían una burla a la clase política, un escarnio a las candidaturas que siempre parecen competir en una lid de sandeces y tonterías al por mayor.

El picaresco Leopoldo Charpentier no alcanzó el codiciado sillón de Pizarro y privó a los peruanos de un gobierno jocoso, desbordado de risas y carcajadas. En el presente, mientras se acercan las elecciones presidenciales y parlamentarias, la picaresca no deja de robustecerse, de incrementarse mereciendo hasta una medalla, un Nobel justiciero. El examen toxicológico es una muestra de esa picaresca y donde cayeron casi todos los aspirantes al pequeño y corto poder. El cruce de insultos es otra muestra de esa vocación nacional por el bochorno, por la falta de seriedad en su vida política. 

Las candidaturas, desesperadas por ganar votos, se convierten inevitablemente en una  exacerbación de esa picaresca latente. Cuando uno escucha a un postulante hablar que le preocupan los desocupados, a otro candidato prometiendo arreglar los mercados de abasto de Iquitos, a un político nombrarse como sujeto de grandes ideas, a una aspirante alabando las bondades del régimen de salida, uno no puede dejar de pensar de que esa tradición, la auspiciada por don Leopoldo, sigue vigente, invicta, inmortal.

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