Editorial – Febrero 15

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La protesta de los coleros 

El olvido ya cubre con su oscuro crespón el bochorno del parlamentario José Anaya,  que sucumbió al sabor del pollo a la brasa, cuando en el siempre enconado y conflictivo escenario político nacional estalló el asunto de las encuestas. Ocurre que los actuales coleros en la campaña electoral han puesto el grito en el cielo porque las cifras encuestadoras no se ponen de acuerdo. Es posible que dichos coleros no entiendan que una encuesta es sólo una lectura fugaz de un estado de ánimo, de una preferencia voluble. El votante nacional es esquivo, imprevisible. Recordemos nomás hace poco cuando Lourdes Flores iba adelante en las encuestas.

La lideresa derechista perdió las elecciones ediles. Las cifras cambiaron en segundos,  otorgando un alud incontenible a favor de Susana Villarán. El electorado nacional busca su outsider como una salvación a la desdichada clase política. Esa clase tiene, como un emisor válido del ahora, al preso congresista que adulteró facturas en las pollerías. La tentación de la dorada carne es un caso impresionante pues se trata del paladar corrompido y no de asuntos más graves donde corren otros intereses y más billetes contantes y sonantes.

El apetecible  pollo a la  brasa y las cuestionadas encuestas tienen mucho que ver con la crisis de la clase política. Esa clase no tiene capacidad creadora, carece de reflejos para sintonizar con las urgencias de la población y de cualquier cosa hace un problema, un escándalo. Es muy posible que los coleros protestantes visiten las pollerías. Es muy posible que mientras degusten esa carne crocante no piensen en don José Anaya y no  caigan en la cuenta de que los políticos nacionales tienen una fuerte inclinación por el ridículo.

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