Editorial – Febrero 1

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El regidor carnavalesco

En tiempos carnavalescos, un golpe estatal, un suicidio, una boda, puede causar gracia o risa. Pero lo que viene haciendo el regidor Igoraldo Paredes para vacilarse carnavalístamente produce estallido de ira. Ira santa. En su afán de rendirle culto al ridículo rey Momo, de auspiciar comparsas y carros alegóricos, de sustentar gastos de vacas locas y otros esperpentos zoológicos, anda de aquí para allá, sube y baja, da media vuelta, buscando una fortuna. Su presupuesto es astronómico. Ansía más de 300 mil soles. Increíble. Quiere tanto dinero para nada, para arrojarlo por la borda en fiestas sucias, cortes de palmeras, premios de carnaval.

El burdo lema carnaval manda y nadie demanda parece ser su doctrina mayor, su ideario político. Las carnestolendas de antes, las de tiempos coloniales, eran eminentemente fiestas religiosas. En el presente se han convertido en bacanales de mal gusto, de abusos al mojar a desprevenidos transeúntes. Y el aludido regidor quiere bastante dinero para comandar esos festejos huachafos. La función de cualquier regidor es controlar el poder de turno. No es fomentar la cumbiamba o el joropo. No es buscar la parranda y el licor. No es apoyar despilfarros sin ton ni son, mientras la ciudad vive en el drama de las muertes por dengue. ¿No sería mejor una iniciativa sin precedentes para mejorar la fumigación de las casas?

En realidad, don Igoraldo Paredes se ha vuelto un personaje carnavalesco. Una especie de prócer del monarca Momo. No sabemos de qué mamarracho saldrá disfrazado el día central de la fiesta, ni conocemos el tenor de su bando de rigor. El carnavalero nos recuerda que el pan y el circo desde el poder no se acaban. Nos recuerda que la clase política todavía sigue extraviada en su pasión por lo mediocre.

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